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jueves, agosto 27, 2026
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La Dignidad de la Columna Abierta.

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“En el tablero de la vida, la verdadera grandeza no consiste en coronarse, sino en sostener con lealtad a quien aún camina hacia su destino.”

Preámbulo

Hoy lunes, en un gesto cotidiano y aparentemente trivial, revisaba los estados de WhatsApp cuando una imagen detuvo mi atención con la fuerza silenciosa de los símbolos verdaderos: una torre protegiendo a un peón en su avance final. Bastó una captura de pantalla para que aquella escena (simple en su trazo, profunda en su significado) se transformara en semilla narrativa. Así nació este cuento ajedrecístico.

El origen de esta inspiración tiene nombre y amistad: el buen amigo y colega Dr. Joaquín Fernández Amigo, cuyo compartir inadvertido se convirtió en detonante de reflexión. La imagen que acompaña estas páginas no es un adorno, sino un umbral: la incluyo como testimonio visual del instante en que la idea encontró forma.

Imagen cortesía de ajEdu

Aprovecho este pretexto simbólico para extender un deseo sincero a todas y todos los integrantes y miembros de ajEdu: que este 2026 sea un año fértil en logros personales y profesionales, en aprendizajes compartidos y en caminos abiertos por el ajedrez, juego, Educación, divulgación, y la unión de amigos y colegas.

Reciban un abrazo fraterno,y la invitación a leer este cuento no solo como una partida de ajedrez,
sino como una alegoría de lo que somos cuando decidimos proteger, acompañar y avanzar juntos.

La Torre y el Peón que Soñaba con el Otro Lado

En el silencio solemne del tablero, cuando la luz de la lámpara caía como un alba geométrica sobre las sesenta y cuatro casillas, las piezas despertaron a su antigua conciencia. No eran de madera ni de marfil: eran voluntades. Y cada una sabía que la partida no era solo combate, sino destino.

Los peones, humildes y rectilíneos, avanzaban primero. Eran los más numerosos y los más frágiles, pero también los únicos capaces de transformarse al alcanzar el confín del tablero. En ellos vivía la esperanza, esa forma discreta de la libertad. Entre todos, uno destacaba no por su fuerza, sino por su convicción: el Peón de la columna abierta, que marchaba con paso firme, sabiendo que cada avance podía ser el último.

A su lado, erguida como un faro, estaba la Torre. Antigua guardiana de líneas rectas y verdades claras, había jurado proteger al Peón desde el primer movimiento. Para ella, la justicia no consistía en vencer, sino en sostener al débil cuando el mundo se le venía encima. Su lealtad no era ciega, sino consciente: sabía que si el Peón caía, caería también la promesa de igualdad que daba sentido a la partida.

El Caballo, impredecible y fraterno, vigilaba desde ángulos imposibles. Saltaba no para lucirse, sino para interponerse cuando la amenaza era invisible. En su danza irregular habitaba la tolerancia: entendía que no todos avanzan en línea recta, y aun así merecen llegar.

Los Alfiles, guardianes oblicuos de la verdad, cruzaban el tablero como ideas profundas que atraviesan generaciones. Desde lejos, despejaban diagonales y abrían caminos, sabiendo que proteger también es anticipar. Cada uno veía lo que otros no podían, y compartía su visión sin soberbia.

La Dama, poderosa y compasiva, observaba el conjunto. Podía decidir la partida en un instante, pero eligió algo más difícil: contener su fuerza. En su renuncia momentánea vivía la integridad, y en cada sacrificio posible, la solidaridad. Sabía que el triunfo auténtico no es individual.

Y el Rey, lento pero esencial, permanecía atento. Su autoridad no era dominio, sino responsabilidad. Mientras el Peón avanzaba, el Rey entendía que su propia supervivencia dependía de la fraternidad del conjunto. Un rey sin pueblo no es rey; un rey sin justicia es solo una pieza en peligro.

Llegó entonces el momento crítico. El enemigo lanzó su ofensiva final. La Torre, firme en su columna, se interpuso una y otra vez. Recibió ataques que no estaban destinados a ella, bloqueó amenazas que no le pertenecían. Cada golpe era un acto de caridad, cada defensa, una declaración silenciosa: nadie avanza solo.

Cuando el Peón dio su último paso y alcanzó el borde del tablero, la Torre ya estaba herida, cercada, casi vencida. Pero no retrocedió. Sabía que su sacrificio no era una pérdida, sino una transformación compartida. El Peón, ahora libre de su antigua forma, eligió en qué convertirse, llevando consigo la memoria de todos los que lo protegieron.

La Torre cayó poco después, no como derrota, sino como legado.

Y así, la partida continuó, no marcada por la violencia del jaque mate, sino por algo más raro y más duradero: la certeza de que en ese tablero, al menos una vez, la libertad fue defendida por la igualdad, sostenida por la fraternidad, guiada por la verdad y cumplida por la justicia.

Porque incluso en el ajedrez, como en la vida, las piezas más fuertes no son las que más capturan, sino las que saben proteger hasta el último aliento.

“Tal vez no existimos para llegar al otro lado del tablero, sino para revelar, en el acto de proteger al que avanza, que el ser se justifica únicamente cuando se ofrece al otro, aun a costa de desaparecer.”

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