15.5 C
Mexico City
viernes, agosto 7, 2026
Publicidad
Portada Noticias Educación 14 de marzo: el día en que el mundo cambió (o eso...

14 de marzo: el día en que el mundo cambió (o eso quiso el azar).

341

Raciel René Prat Primelles

Master en Ciencias de la Educación

Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte Loynaz.

Cuba

Hay momentos que parecen imanes de la historia. Días en los que el calendario se convierte en un escenario donde nacen y mueren gigantes, y donde las ciencias, incluso, celebran a uno de sus protagonistas más enigmáticos.

El 14 de marzo es uno de esos días que nos invita a detenernos en estas coincidencias y preguntarnos si el azar juega a entrelazar destinos o si, por el contrario, nuestra mirada tiende a buscar patrones donde solo hay números y fechas.

Pero más allá de la coincidencia —¿casualidad? ¿causalidad? —, lo que une a Albert Einstein, Karl Marx, Stephen Hawking, William Fowler, Jürgen Habermas y la constante π es algo más profundo: después de cada uno de ellos, a su manera, el mundo ya no volvió a ser el mismo.

No se trata de misticismo ni de numerología. Se trata de comprender cómo estas mentes, unidas por el azar del calendario, reconfiguraron para siempre los cimientos de nuestro pensamiento. Y cómo el Día Pi, esa celebración traviesa, nos recuerda que todos ellos escribieron sus revoluciones en el mismo lenguaje: el de la racionalidad científica.

Albert Einstein: el universo elástico

El 14 de marzo de 1879 nacía en Alemania un niño que tardaría en hablar pero que, cuando lo hizo, no callaría nunca. Albert Einstein no solo descubrió que el tiempo y el espacio no son absolutos; nos obligó a sentirnos en un universo elástico, donde la materia curva la geometría y donde la velocidad puede detener los relojes.

Antes de Einstein, el cosmos era un escenario fijo donde transcurrían los eventos. Después de él, supimos que el observador también forma parte de la obra; que el espacio se pliega, el tiempo se estira, y que masa y energía son, en el fondo, la misma cosa: E=mc², la ecuación más famosa de la historia, que explica por qué brillan las estrellas y por qué, en algún lugar del universo, la materia puede convertirse en luz. El universo dejó de ser un mecanismo de relojería para convertirse en una coreografía dinámica.

Su teoría de la relatividad general, publicada en 1915, no solo predijo agujeros negros y ondas gravitacionales: abrió la puerta a la cosmología moderna, la ciencia que se atreve a preguntar por el origen y el destino de todo lo que existe. El mundo, después de Einstein, supo que el universo tenía historia.

Y aunque en 1921 le concedieran el Nobel por el efecto fotoeléctrico —la relatividad resultaba aún demasiado revolucionaria para el comité—, el verdadero premio lo recibimos todos: una nueva manera de mirar al cielo.

Karl Marx: el motor de la historia

El mismo 14 de marzo, pero de 1883, Londres despedía a Karl Marx. Si Einstein transformó nuestra mirada hacia el cosmos, Marx revolucionó nuestra mirada hacia nosotros mismos.

Antes de Marx, la historia se explicaba como una sucesión de batallas, reinados y grandes ideas. Después de Marx, resultó imposible ignorar que bajo los conflictos políticos subyacen fuerzas económicas, clases sociales y relaciones de producción. Su análisis del capitalismo no solo alumbró movimientos políticos que reconfiguraron el mapa del siglo XX; obligó incluso a sus detractores a utilizar su vocabulario —clase, explotación, ideología, alienación— para rebatirlo.

Marx no inventó los conflictos sociales, pero nos dio las herramientas para nombrarlos y, al hacerlo, los hizo visibles.

Como escribió con Friedrich Engels, la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases. Nos guste o no, el mundo después de Marx piensa en términos que él ayudó a forjar.

Pero hay una faceta menos conocida de Marx que refuerza su vínculo con este día: sus estudios matemáticos.

En la última década de su vida, entre 1873 y 1883, Marx llenó más de mil páginas con análisis sobre el cálculo diferencial. Intentaba comprender desde sus fundamentos esa herramienta que Newton y Leibniz habían descubierto, y que él veía como el lenguaje más depurado para entender los procesos de cambio.

No buscaba aplicar las matemáticas a la economía —aunque admiraba ese ideal— sino desentrañar su lógica interna.

Sus manuscritos sobre las derivadas, las series infinitas y los teoremas de Taylor y Maclaurin fueron publicados recién en 1968, y aunque no influyeron en el desarrollo de las matemáticas, sí revelan a un Marx que, como los otros titanes de este 14 de marzo, intentaba descifrar el alfabeto del universo.

En 1999, una encuesta de la BBC lo votó como el “mayor pensador del Milenio”. No es casualidad: su sombra es alargada y, como la de Einstein, sigue proyectándose sobre nosotros.

Stephen Hawking: el universo con voz

El 14 de marzo de 2018, el mismo día en que Einstein había nacido 139 años antes, moría Stephen Hawking. Y, como si el destino quisiera cerrar un círculo, también él tenía 76 años.

Hawking no solo fue un gigante de la física teórica. Fue, ante todo, un narrador. Sus trabajos sobre agujeros negros —esas bestias cósmicas de las que, según él, nada escapa, ni siquiera la luz— le llevaron a predecir que, en realidad, emiten radiación. Hoy la llamamos radiación de Hawking, y nos enseñó que los agujeros negros no son eternos: con el tiempo, se evaporan y desaparecen.

Antes de Hawking, los agujeros negros eran puntos finales. Después de él, supimos que también tienen temperatura, que tienen historia, que pueden morir. Había democratizado el cosmos: ya no había rincones vedados para la ciencia.

Y lo hizo, además, sentando en la mesa del café a millones de lectores. Su Breve Historia del Tiempo estuvo 237 semanas en las listas de superventas británicas. Hawking demostró que la ciencia podía ser épica, que el origen del universo podía contarse como una aventura y que, incluso encerrado en un cuerpo que fallaba, la mente podía viajar a los confines del espacio-tiempo.

El mundo, después de Hawking, supo que el universo no solo tiene historia: también tiene quien la cuente.

William Alfred Fowler: el alquimista del cosmos

El 14 de marzo también reclama a otro científico, menos conocido, pero igualmente transformador. En 2011 fallecía William Alfred Fowler, premio Nobel de Física en 1983.

Fowler dedicó su vida a responder una pregunta que cualquier niño se ha hecho: ¿de dónde vienen las cosas? Y su respuesta fue revolucionaria: Fowler demostró que las estrellas son fábricas de elementos químicos que se forjan en su interior.

El carbono de nuestros cuerpos, el oxígeno que respiramos, el hierro de nuestra sangre… Todo se cocina a millones de grados en hornos estelares. Cuando una estrella explota, esparce esos ingredientes por la galaxia, y de ellos, millones de años después, se forman planetas, océanos y seres humanos.

Sin Fowler, no sabríamos que somos, literalmente, polvo de estrellas. Quizá su nombre no tenga la popularidad de Hawking o Einstein, pero su descubrimiento nos transformó tanto como cualquier teoría cosmológica: nos enseñó que nuestro origen no está solo en la Tierra, sino en el corazón de astros que ardieron hace millones de años. También él, a su manera, cambió el mundo.

Jürgen Habermas: el último diálogo de la razón

El 14 de marzo de 2026, el mundo de la filosofía quedó en silencio. Fallecía Jürgen Habermas, el último gran representante de la Escuela de Frankfurt y uno de los pensadores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Si Marx desnudó las fuerzas económicas que mueven la historia, Habermas dedicó su vida a comprender cómo nos entendemos: a explorar las condiciones del diálogo, la razón comunicativa y la posibilidad de una sociedad verdaderamente democrática.

Antes de Habermas, la filosofía social había quedado atrapada entre el pesimismo cultural y el determinismo estructural. Después de él, aprendimos que la emancipación no es solo una cuestión de cambios económicos, sino de construir espacios donde los seres humanos puedan deliberar libremente, sin coacciones. Su teoría de la acción comunicativa nos recordó que el lenguaje no solo describe el mundo: también lo crea, lo negocia y lo transforma.

Habermas tendió puentes donde otros veían abismos. Dialogó con la tradición marxista, pero también con la filosofía analítica, con la teoría del derecho, con la ética y con la religión. En una época de fragmentación, él sostuvo que la razón podía aún ejercerse como una fuerza crítica y unificadora. Y cuando los desafíos del presente —la crisis ecológica, la posverdad, el avance de la técnica— parecen desbordarnos, su defensa de la esfera pública y del debate racional se vuelve más urgente que nunca.

Habermas, como heredero de la Escuela de Frankfurt, mantuvo siempre una relación compleja con la racionalidad científica. En su obra encontramos análisis de cómo las ciencias formales (incluyendo las matemáticas) constituyen un interés cognitivo específico. Más importante aún, su teoría de la acción comunicativa se fundamenta en la posibilidad de un entendimiento racional, y las matemáticas representan para él el ejemplo más depurado de un lenguaje universal que hace posible el acuerdo intersubjetivo.

El mundo, después de Habermas, sabe que la democracia no es solo un conjunto de reglas, sino una forma de vida que necesita ser alimentada por ciudadanos que hablan y se escuchan. Que la filosofía no es un lujo, sino una herramienta para desactivar los dogmas. Y que, incluso cuando el ruido del mundo parece ensordecerlo todo, siempre vale la pena intentar entenderse.

El Día Pi: el alfabeto del universo

Y luego está el Día Pi que podría parecer el invitado menor en esta reunión de gigantes. Cada 14 de marzo (3/14 en la notación anglosajona) se celebra al número más fascinante de las matemáticas: π, 3,14159… una cifra que nunca se repite, que nunca termina, que aparece cada vez que medimos un círculo.

La idea nació en 1988 de la mano del físico Larry Shaw, en San Francisco, y hoy se celebra en escuelas y universidades de medio mundo. A la 1:59 de la tarde (en alusión a los siguientes dígitos: 3,14159), los amantes de las matemáticas comparten tartas circulares, recitan decimales de memoria y discuten sobre la belleza de lo infinito.

Pero Pi no es solo un juego. Es un lenguaje común de todos los que hemos mencionado.

  • Einstein usó π para describir la curvatura del espacio-tiempo en sus ecuaciones de la relatividad general.
  • Hawking lo necesitó para calcular la temperatura de los agujeros negros.
  • Fowler lo empleó para modelar las reacciones nucleares dentro de las estrellas.
  • Marx dedicó sus últimos años a descifrar los secretos del cálculo diferencial. En sus análisis buscaba, como los otros gigantes de este día, comprender la lógica profunda de los procesos de cambio.
  • Incluso Habermas, el filósofo del diálogo que nos dejó este 14 de marzo de 2026, encontraría en π un símbolo de lo que defendió: un lenguaje común que, más allá de las fronteras culturales, hace posible el entendimiento entre los seres humanos. Porque π es el mismo en todas las lenguas, y esa universalidad era, para Habermas, la base de toda comunicación genuina.

Pi forma parte del alfabeto con el que está escrito el libro del universo. Y todos ellos, cada uno a su manera, fueron lectores apasionados de ese libro.

Hasta el MIT, el célebre Instituto Tecnológico de Massachusetts, se suma a la celebración: cada año envía sus cartas de admisión un 14 de marzo, a las 6:28 de la tarde (un guiño a 2π, conocido como doble tau), convirtiendo la espera de los aspirantes en un juego matemático.

El azar, la mirada y lo que perdura

Al final, ¿qué debemos concluir de este 14 de marzo?

La ciencia nos previene contra la tentación de ver designios ocultos en las fechas, nos enseña, también, que el azar es una herramienta estadística, no una fuerza mística. Sin embargo, la mente humana está programada para encontrar significado en las coincidencias, un fenómeno que Carl G. Jung denominó sincronicidad. No hay un hilo místico que tejiera el universo para que Einstein naciera, Marx muriera, Hawking se despidiera, Fowler se apagara y Habermas callara el mismo día. En realidad, el 14 de marzo concentra tantos eventos relevantes porque nuestra cultura ha seleccionado y celebrado a estos personajes, y porque el calendario gregoriano, con su arbitrariedad, termina agrupándolos.

Pero quizá la pregunta no sea si hay causalidad, sino qué hacemos con esta coincidencia. Porque lo realmente extraordinario no es que compartan fecha, sino que todos, desde su trinchera —la física, la filosofía, la cosmología, la astrofísica—, dinamitaron las fronteras de lo que sabíamos y nos obligaron a mirar más lejos.

El mundo no volvió a ser el mismo después de que Einstein nos mostrara un universo elástico.

No volvió a ser el mismo después de que Marx desnudara las fuerzas que mueven la historia.

No volvió a ser el mismo después de que Hawking nos hiciera sentir en casa en un cosmos de agujeros negros.

No volvió a ser el mismo después de que Fowler nos revelara nuestro origen estelar.

No volvió a ser el mismo después de que Habermas nos recordara que la democracia se sostiene en la conversación, y que es posible un lenguaje universal que nos permita entendernos.

Y no volverá a ser el mismo mientras sigamos celebrando, cada 14 de marzo, que la aventura del conocimiento continúa. Porque, como dijo Galileo, el universo está escrito en lenguaje matemático.

Y el 14 de marzo, ese lenguaje se vuelve conmemoración.

Publicidad