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jueves, agosto 20, 2026
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El misterio detrás de las matemáticas: ¿quién descubrirá lo que el futuro aún no sabe?

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“La matemática no comienza cuando encontramos una respuesta, sino cuando tenemos el valor de formular una pregunta que todavía nadie ha sabido responder.”

Preámbulo

Hoy quiero compartir, en este artículo, una perspectiva profundamente personal: la pasión por despertar vocaciones científicas, particularmente hacia una de las Ciencias Exactas más exigentes, fascinantes y, al mismo tiempo, extraordinariamente hermosas: las Matemáticas.

Elegir estudiar Matemáticas significa aceptar un desafío.

Es una disciplina que invita a trabajar todos los días, a perseverar frente a los problemas, a convivir con la duda y a desarrollar una forma diferente de mirar aquello que nos rodea. Pero precisamente ahí reside su encanto.

Hay algo maravilloso en sentarse a leer su historia y descubrir cómo, detrás de cada desarrollo matemático, existe una pregunta humana; cómo una idea aparentemente abstracta puede transformar la ciencia; cómo una demostración puede abrir una nueva línea de investigación y cómo una estructura matemática puede encontrar, muchas décadas después, una aplicación que nadie había imaginado.

Cuando uno se adentra en la historia de las Matemáticas descubre un universo extraordinariamente amplio: sus desarrollos, sus aplicaciones y sus líneas de investigación son tan diversos que resulta difícil establecer dónde terminan sus fronteras.

Matemáticas para comprender la naturaleza; matemáticas para explorar el Universo; matemáticas para construir algoritmos, estudiar datos, desarrollar inteligencia artificial, proteger información, modelar fenómenos físicos y comprender sistemas cada vez más complejos.

Por esa razón, este artículo nace con una intención muy concreta: compartir algunos consejos con quienes están considerando estudiar una Licenciatura en Matemáticas y, especialmente, con aquellos jóvenes que quizá todavía no han descubierto todo lo que esta disciplina puede ofrecerles.

Tal vez alguno de ellos encuentre, durante este recorrido, una faceta de las Matemáticas que aún no conocía.

Tal vez descubra una pregunta que despierte su curiosidad. Tal vez encuentre una línea de investigación que se convierta en su vocación. Y quizá, con el tiempo, sea precisamente uno de esos jóvenes quien realice una aportación importante y contribuya a ampliar las fronteras de aquello que hoy conocemos.

Esta reflexión también nace de algunas de mis propias pasiones.

Las Matemáticas forman parte de ese universo personal junto con el ajedrez, el juego de mesa Go, los crucigramas, los rompecabezas y el cubo de Rubik. A primera vista pueden parecer actividades diferentes; sin embargo, todas comparten algo esencial: la búsqueda de patrones, relaciones, estrategias y estructuras ocultas. Todas nos invitan a pensar más allá de la primera apariencia de las cosas.

Quizá por eso encuentro en las Matemáticas algo especialmente fascinante: la posibilidad de aprender a leer un lenguaje secreto.

Un lenguaje que aparece en las regularidades de la naturaleza, en las órbitas de los cuerpos celestes, en las formas geométricas, en las ondas, en los sistemas dinámicos y en las estructuras que intentamos descubrir en el Universo.

Un lenguaje que también está profundamente relacionado con la tecnología contemporánea: desde la seguridad de las comunicaciones hasta los algoritmos que utilizamos diariamente, pasando por la informática, las finanzas y los sistemas digitales, donde las estructuras numéricas (incluido el papel fundamental de los números primos en la criptografía), forman parte de la arquitectura invisible de nuestro mundo.

No sabemos todavía hasta dónde llegará ese lenguaje.

Y precisamente ésa es una de las razones por las que vale la pena estudiarlo.

Porque las Matemáticas no son solamente aquello que ya está escrito en los libros. También son aquello que todavía no hemos descubierto.

Éste es, en el fondo, el propósito de estas páginas: invitar a los jóvenes a mirar las Matemáticas no como una colección de fórmulas difíciles, sino como una aventura intelectual; no únicamente como una carrera profesional, sino como una posibilidad de participar en la construcción del conocimiento; no como un territorio reservado para unos cuantos “genios”, sino como un espacio en el que la curiosidad, la disciplina, la imaginación y la perseverancia pueden conducir hacia preguntas que aún permanecen abiertas.

Si este artículo logra despertar aunque sea una sola pregunta, una inquietud o el deseo de acercarse un poco más a las Matemáticas, habrá cumplido su propósito.

Espero sinceramente que esta reflexión sea de su agrado y, sobre todo, que pueda servir como una pequeña invitación a quienes quizá algún día decidan convertirse en los matemáticos, científicos e investigadores que contribuirán a descubrir lo que hoy todavía desconocemos.

Saludos cordiales.

CONSEJOS A UN JOVEN MATEMÁTICO DEL SIGLO XXI: APRENDER A PREGUNTAR, COMPRENDER Y DESCUBRIR

INTRODUCCIÓN: UNA PROFESIÓN QUE COMIENZA CON UNA PREGUNTA

Hay carreras que enseñan a ejercer una profesión y hay otras que, además, enseñan una manera particular de mirar el mundo. La Licenciatura en Matemáticas pertenece a esta segunda categoría.

No prepara únicamente para trabajar con números, ecuaciones o fórmulas; prepara para reconocer estructuras, formular preguntas, construir modelos, demostrar afirmaciones y, sobre todo, aventurarse allí donde todavía no existe una respuesta.

Ésta debería ser una de las primeras ideas que recibiera un joven que se acerca a las Matemáticas en el siglo XXI.

La matemática contemporánea no puede reducirse a la imagen tradicional del estudiante frente a una pizarra resolviendo ejercicios.

Hoy se encuentra detrás de la inteligencia artificial, la criptografía, la astronomía, la ciencia de datos, la computación cuántica, la modelación de fenómenos naturales y una enorme diversidad de tecnologías.

Pero existe una pregunta que conviene formular antes que cualquier otra: “¿Por qué estudiar Matemáticas en un mundo en el que las computadoras pueden calcular cada vez más cosas?”

La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, profunda: porque una computadora puede calcular, pero alguien tiene que decidir qué vale la pena calcular, cómo debe modelarse un problema, qué estructura se está buscando y por qué un resultado es verdadero.

La máquina puede acelerar el cálculo; la inteligencia humana continúa siendo necesaria para formular la pregunta.

Por eso, nuestra premisa verdadera para un joven matemático podría ser:

“No estudies Matemáticas solamente para encontrar respuestas; estúdialas para aprender a descubrir preguntas que todavía nadie ha sabido responder.”

  1. LA VOCACIÓN MATEMÁTICA NO COMIENZA CON UNA FÓRMULA

Existe un prejuicio que ha alejado a muchos jóvenes de las Matemáticas: creer que para estudiarlas es necesario haber nacido con un talento extraordinario.

Es una idea peligrosa.

Un adolescente puede contemplar una ecuación y sentirse intimidado. Puede pensar que otros tienen una especie de don misterioso que él no posee. Puede observar a un compañero resolver rápidamente un problema y concluir que las Matemáticas no son para él.

Sin embargo, la historia de las Matemáticas cuenta una historia diferente.

La vocación matemática puede comenzar con algo mucho más sencillo: la curiosidad.

Puede surgir cuando alguien pregunta por qué los planetas se mueven como lo hacen, cómo puede un teléfono reconocer una imagen, por qué algunos números poseen propiedades especiales, cómo se puede calcular una trayectoria, cómo funciona un algoritmo o qué estructura existe detrás de una figura aparentemente complicada.

El siguiente axioma resulta especialmente valioso para esta perspectiva: “La realidad contiene estructuras; la matemática proporciona el lenguaje para descubrirlas, describirlas, relacionarlas y transformarlas.”

Si aceptamos esta idea, la vocación matemática deja de ser una cuestión exclusiva de habilidad técnica y comienza a convertirse en una actitud intelectual.

Por eso, el primer consejo sería: CONSEJO PRIMERO: CONSERVA TU CAPACIDAD DE ASOMBRO.

Antes de aprender a demostrar un teorema, aprende a preguntarte por qué existe el problema.

Antes de memorizar una fórmula, intenta descubrir qué significa.

Antes de preguntar si una respuesta es correcta, pregunta qué fenómeno intenta explicar.

La Matemática comienza muchas veces con una pregunta que parece ingenua.

  1. EL JOVEN GAUSS Y LA BELLEZA DE DESCUBRIR UN PATRÓN

Una de las anécdotas más conocidas de la historia matemática cuenta que, siendo todavía niño, Carl Friedrich Gauss recibió el encargo de sumar los números del 1 al 100. La tarea parecía diseñada para mantener ocupados a los alumnos durante un largo tiempo.

Gauss encontró una estructura:

1 + 100 = 101

2 + 99 = 101

3 + 98 = 101

Y así sucesivamente.

Había cincuenta parejas que sumaban 101, de modo que:

1 + 2 + 3 + … + 100 = 50 × 101 = 5050.

Más allá de la exactitud histórica con la que suele transmitirse la anécdota, su valor pedagógico es extraordinario: Gauss no venció al problema haciendo más operaciones, sino descubriendo una estructura que hacía innecesarias muchas operaciones.

Ésta es una de las grandes lecciones de la Matemática.

El matemático no siempre trabaja más que los demás.

Muchas veces trabaja de otra manera.

Busca el patrón.

Busca la simetría.

Busca la transformación.

Busca aquello que permanece constante.

Busca una representación diferente del problema.

Por eso, el segundo consejo puede formularse así:

CONSEJO SEGUNDO: CUANDO UN PROBLEMA PAREZCA DEMASIADO GRANDE, BUSCA PRIMERO SU ESTRUCTURA.

La Matemática tiene una profunda relación con la capacidad de simplificar sin destruir lo esencial.

  1. NO CONFUNDAS DIFICULTAD CON IMPOSIBILIDAD

La historia de las Matemáticas está llena de problemas que permanecieron abiertos durante décadas o incluso siglos.

El último teorema de Fermat, por ejemplo, fue formulado en el siglo XVII y permaneció sin demostración durante más de tres siglos, hasta que Andrew Wiles presentó una demostración en la década de 1990.

Durante generaciones, matemáticos brillantes intentaron resolverlo.

Y aquí aparece una enseñanza fundamental para cualquier estudiante:

Que un problema sea difícil no significa que sea inútil.

A veces ocurre precisamente lo contrario.

Los grandes problemas pueden obligar a desarrollar nuevas herramientas matemáticas. En ocasiones, la importancia de un problema no reside únicamente en su solución, sino en todo lo que la humanidad aprende mientras intenta resolverlo.

Por eso:

CONSEJO TERCERO: NO HUYAS DEMASIADO PRONTO DE LOS PROBLEMAS DIFÍCILES.

En la universidad habrá momentos en que una demostración parezca imposible.

Habrá ejercicios que no saldrán.

Habrá conceptos que tendrás que estudiar tres, cuatro o diez veces.

Habrá demostraciones que comprenderás solamente después de haber vivido un largo proceso de confusión.

Eso no significa que seas malo en Matemáticas.

Significa que estás aprendiendo algo que realmente exige pensamiento.

  1. RIEMANN: CUANDO LA IMAGINACIÓN MATEMÁTICA CAMBIA DE DIMENSIÓN

Bernhard Riemann ofrece otra lección extraordinaria.

En el siglo XIX, las Matemáticas estaban profundamente asociadas con la geometría euclidiana y con la intuición del espacio cotidiano. Riemann tuvo la audacia de preguntar qué ocurriría si la geometría no estuviera limitada a las formas que podemos imaginar directamente.

En 1854, en su célebre lección inaugural sobre los fundamentos que subyacen a la geometría, abrió una nueva perspectiva sobre el concepto de espacio.

La pregunta era revolucionaria:

“¿Y si el espacio pudiera tener estructuras diferentes de las que nuestra experiencia cotidiana nos hace imaginar?”

Con el tiempo, aquellas ideas contribuirían a transformar la geometría y tendrían una importancia extraordinaria en la física moderna.

La lección para un joven es enorme:

“No confundas lo imaginable con lo posible.”

Hay objetos matemáticos que no podemos visualizar fácilmente y, sin embargo, podemos estudiarlos rigurosamente.

Ésa es una de las razones por las que la universidad puede resultar desconcertante al principio.

El estudiante pasa de las Matemáticas escolares, dominadas por objetos familiares, a mundos donde aparecen espacios abstractos, estructuras algebraicas, funciones, transformaciones y dimensiones que no pueden representarse fácilmente mediante un dibujo.

Entonces llega el cuarto consejo:

CONSEJO CUARTO: APRENDE A CONVIVIR CON LA ABSTRACCIÓN.

La abstracción no es alejarse de la realidad.

A veces es la única manera de comprenderla profundamente.

  1. RAMANUJAN Y LA INTUICIÓN

Srinivasa Ramanujan representa otra dimensión fascinante del pensamiento matemático.

Con una formación académica muy diferente de la de los grandes centros universitarios europeos de su época, Ramanujan produjo resultados extraordinarios en teoría de números, series y otras áreas.

Su historia suele recordarnos que la intuición matemática puede aparecer de formas inesperadas.

Pero su vida también permite corregir otro mito: la intuición, por sí sola, no sustituye la demostración.

Una idea puede ser brillante y estar equivocada.

Una conjetura puede parecer inevitable y resultar falsa.

Una fórmula puede producir resultados sorprendentes y, sin embargo, requerir una justificación rigurosa.

La Matemática posee una característica extraordinaria: permite transformar una intuición en conocimiento mediante la demostración.

Por eso:

CONSEJO QUINTO: CONFÍA EN TU INTUICIÓN, PERO SOMÉTELA A PRUEBA.

Imagina.

Conjetura.

Experimenta.

Busca ejemplos.

Utiliza una computadora si puede ayudarte.

Pero finalmente pregunta:

“¿Por qué necesariamente debe ser verdadero?”

Ésa es una de las preguntas que distinguen el pensamiento matemático.

  1. NO ESTUDIES LAS MATEMÁTICAS COMO UNA COLECCIÓN DE ASIGNATURAS

En una Licenciatura en Matemáticas aparecerán nombres que pueden intimidar al principio:

Cálculo, Álgebra, Geometría, Análisis, Topología, Ecuaciones Diferenciales.

Después llegarán otros conceptos todavía más abstractos.

El error sería contemplarlos como compartimentos aislados.

Una formación matemática profunda consiste precisamente en descubrir las conexiones.

El cálculo puede conducir al análisis.

El álgebra puede encontrarse con la geometría.

La geometría puede relacionarse con la física.

La topología puede aparecer en problemas de análisis y de física.

La probabilidad puede encontrarse con la estadística, la informática y la inteligencia artificial.

La formación matemática puede entenderse como una progresión intelectual:

Aprender → Comprender → Demostrar → Modelar → Investigar → Crear.

Ésta debería ser una de las grandes ideas de la formación matemática.

Por eso:

CONSEJO SEXTO: BUSCA CONEXIONES, NO SOLAMENTE CALIFICACIONES.

Cuando estudies cálculo, pregunta dónde volverás a encontrarlo.

Cuando estudies álgebra, busca qué geometría puede esconderse detrás.

Cuando estudies estadística, piensa qué fenómenos reales pueden modelarse mediante ella.

Cuando estudies una teoría abstracta, no preguntes únicamente “¿para qué sirve?”, sino también:

“¿Qué nueva forma de pensar me está enseñando?”

  1. EL FRACASO TAMBIÉN FORMA PARTE DE LA MATEMÁTICA

Hay una escena que todo estudiante de Matemáticas termina conociendo: una hoja llena de cálculos, una demostración que no funciona y una sensación de derrota.

Se borra.

Se vuelve a empezar.

Se intenta otra estrategia.

Tampoco funciona.

Se consulta un libro.

Se conversa con un profesor.

Se descubre que el problema estaba planteado de manera equivocada.

Y entonces aparece una nueva idea.

Ese proceso no es una anomalía de la Matemática.

Es parte de ella.

La historia de la ciencia está llena de caminos equivocados que finalmente condujeron a mejores preguntas.

Por ello, uno de los consejos más importantes sería:

CONSEJO SÉPTIMO: APRENDE A FRACASAR MATEMÁTICAMENTE.

Un error no siempre es una derrota.

A veces es información.

Una demostración incorrecta puede mostrar qué hipótesis falta.

Un contraejemplo puede destruir una conjetura.

Una simulación puede revelar que una intuición era equivocada.

Una pregunta mal formulada puede conducir a una pregunta mucho mejor.

El matemático aprende poco a poco que equivocarse no significa abandonar el pensamiento.

Significa corregirlo.

  1. LAS COMPUTADORAS NO SON EL ENEMIGO

Para el joven matemático del siglo XXI existe un desafío que generaciones anteriores no tuvieron en la misma escala: la presencia cotidiana de la inteligencia artificial y de sistemas computacionales capaces de realizar cálculos extraordinariamente complejos.

La reacción equivocada sería pensar:

“Si una máquina puede hacer matemáticas, ¿para qué necesito estudiarlas?”

La pregunta correcta es otra:

“¿Qué tipo de matemático necesitamos cuando las máquinas pueden calcular cada vez más?”

La respuesta está en la formulación del problema, la interpretación, la creatividad, la demostración, la modelación y la capacidad de establecer conexiones.

La computadora puede explorar millones de posibilidades.

Puede ejecutar una simulación.

Puede resolver numéricamente una ecuación.

Puede generar una visualización.

Puede asistir en una demostración.

Pero el estudiante debe aprender a preguntar:

¿Qué estoy calculando?

¿Qué significa el resultado?

¿Qué supuestos contiene el modelo?

¿Qué puede estar equivocado?

¿Cómo puedo demostrarlo?

CONSEJO OCTAVO: UTILIZA LA TECNOLOGÍA, PERO NO DELEGUES EN ELLA TU PENSAMIENTO.

Haz de la computadora un laboratorio.

No la conviertas en sustituto de tu curiosidad.

  1. EL MATEMÁTICO DEL SIGLO XXI NECESITA SER INTERDISCIPLINARIO

El joven que estudia Matemáticas hoy entra en un territorio mucho más amplio que el de las Matemáticas tradicionales.

Las Matemáticas intervienen en la inteligencia artificial mediante el álgebra lineal, la probabilidad, la estadística y la optimización.

Intervienen en criptografía mediante la teoría de números y el álgebra.

En astronomía aparecen las ecuaciones diferenciales, la estadística, el procesamiento de señales y la computación.

En física moderna aparecen la geometría, el análisis, el álgebra y la topología.

En biología matemática intervienen la modelación, la probabilidad y los sistemas dinámicos.

En computación cuántica aparecen los espacios de Hilbert, el álgebra lineal, la probabilidad y la teoría de operadores.

Por eso, estudiar Matemáticas puede significar trabajar algún día en un campo que todavía ni siquiera existe con el nombre que tendrá dentro de veinte años.

CONSEJO NOVENO: NO LIMITES TU IMAGINACIÓN PROFESIONAL.

La Licenciatura en Matemáticas no conduce a una sola profesión.

Conduce a un universo de posibilidades científicas.

  1. ¿QUÉ PROBLEMA QUIERES COMPRENDER?

Tal vez ésta sea la pregunta más importante que una universidad podría formularle a un aspirante a matemático.

No:

“¿Eres bueno para las Matemáticas?”

Sino:

“¿Qué problema te gustaría comprender?”

La diferencia es enorme.

La primera pregunta evalúa una habilidad.

La segunda despierta una vocación.

Un joven puede querer comprender cómo funciona la inteligencia artificial.

Otro puede interesarse por el movimiento de las estrellas.

Otro por la seguridad de las comunicaciones.

Otro por los patrones de la naturaleza.

Otro por los sistemas económicos.

Otro por la geometría del espacio.

Otro simplemente puede sentir fascinación por los números.

Todos ellos pueden estar acercándose a la Matemática desde puertas diferentes.

La cadena vocacional puede expresarse así:

Curiosidad → Pregunta → Problema → Modelo → Demostración → Descubrimiento.

Ésta podría ser, incluso, una definición sencilla de lo que significa comenzar a ser matemático.

  1. NO NECESITAS SER GAUSS, RIEMANN O RAMANUJAN

Hay un último consejo que quizá sea el más humano.

No intentes convertirte en Gauss.

No intentes convertirte en Riemann.

No intentes convertirte en Ramanujan.

Estudia sus vidas, aprende de ellos, admira sus descubrimientos; pero no utilices su grandeza para medir tu propio valor.

El estudiante que entra hoy a una universidad no sabe todavía qué puede llegar a descubrir.

Quizá no escribirá un teorema famoso.

Quizá tampoco será investigador profesional.

Tal vez terminará trabajando en inteligencia artificial, estadística, astronomía, finanzas, educación, computación, ingeniería o ciencia de datos.

Y eso también es Matemática.

Porque el verdadero objetivo de una formación matemática no es fabricar copias de los grandes matemáticos del pasado.

Es formar personas capaces de pensar matemáticamente frente a problemas nuevos.

CONCLUSIÓN: UNA CARTA PARA EL JOVEN QUE ESTÁ A PUNTO DE COMENZAR

Si pudiera resumirse en una sola recomendación todo lo que significa estudiar Matemáticas en el siglo XXI, probablemente sería ésta:

“No tengas miedo de no saber. El verdadero comienzo de las Matemáticas está precisamente allí donde termina la respuesta y comienza la pregunta.”

La Matemática no exige que llegues a la universidad sabiéndolo todo.

Exige que estés dispuesto a aprender.

No exige que seas un genio.

Exige curiosidad, disciplina y perseverancia.

No exige que conozcas las respuestas.

Exige el valor de permanecer frente a una pregunta cuando todavía no las tienes.

Y quizá ésa sea la diferencia fundamental entre memorizar Matemáticas y convertirse en matemático.

El mundo contemporáneo necesita jóvenes capaces de comprender estructuras, construir modelos, interpretar datos, cuestionar resultados y crear nuevas formas de conocimiento. La Matemática ofrece una de las herramientas intelectuales más poderosas para hacerlo.

Por eso, el joven que hoy contempla la posibilidad de estudiar una Licenciatura en Matemáticas debería saber que no está eligiendo únicamente una carrera.

Está eligiendo una manera de mirar.

Está aprendiendo a encontrar orden donde otros solamente observan complejidad; relaciones donde otros ven objetos aislados; posibilidades donde otros ven límites.

La Matemática del siglo XXI puede entonces entenderse como una aventura intelectual que comienza con una pregunta sencilla:

“¿Por qué?”

Y continúa con otras cada vez más profundas:

“¿Qué estructura existe detrás?”

“¿Cómo puedo demostrarlo?”

“¿Qué sucede si cambio las condiciones?”

“¿Qué todavía no comprendemos?”

“¿Y puedo ser yo quien encuentre la respuesta?”

El documento que sirve como fundamento de este ensayo resume esa transformación mediante una idea particularmente poderosa: quien aprende Matemáticas no aprende únicamente a resolver problemas, sino a reconocer problemas que todavía no han sido resueltos.

Ése podría ser, finalmente, el consejo más importante para un joven matemático del siglo XXI:

“No estudies Matemáticas para demostrar que sabes lo que otros ya descubrieron. Estúdialas para prepararte a descubrir aquello que todavía no sabemos.”

Porque quizá la próxima gran pregunta matemática no esté escrita todavía en ningún libro.

Quizá esté esperando a que alguien como tú tenga el valor de formularla.

EPÍLOGO

CUANDO UNA DEBILIDAD SE CONVIERTE EN VOCACIÓN

Después de hablar de matemáticos, de descubrimientos, de preguntas, de problemas y de las posibilidades que ofrece la Matemática en el siglo XXI, quisiera cerrar este ensayo desde un lugar mucho más personal.

Porque existe algo que ningún libro de historia de las Matemáticas puede explicar completamente: la experiencia íntima de descubrir que uno también puede aprender aquello que alguna vez creyó que no podía aprender.

La Matemática no es exclusiva de los genios.

Lo digo desde mi propia experiencia.

Durante mi formación, particularmente en los años setenta, no era especialmente hábil para resolver problemas matemáticos. Mi manera de aprender era diferente. En una época en la que buena parte de la enseñanza se apoyaba en la repetición, en memorizar procedimientos y reproducir ejercicios, yo necesitaba comprender algo más profundo.

Me gustaba preguntar.

No me conformaba fácilmente con saber cómo se hacía algo. Quería saber por qué.

Quizá esa diferencia, que en aquel momento podía parecer una dificultad, terminó convirtiéndose con los años en una de las características que más profundamente marcaron mi relación con las Matemáticas.

Recuerdo particularmente los cursos de verano y aquellos momentos en los que me dejaban solo frente a una hoja de papel para resolver ecuaciones, productos notables o factorizaciones. No siempre encontraba inmediatamente el procedimiento correcto. A veces no sabía por dónde comenzar.

Pero tenía que intentarlo.

Entonces comenzaba una especie de diálogo silencioso con el problema.

Probaba una operación.

La corregía.

Buscaba otra posibilidad.

Cometía un error.

Volvía atrás.

Intentaba descomponer aquello que parecía complicado en partes más pequeñas.

Y, poco a poco, comencé a encontrar mis propios caminos para llegar a una solución.

Sin saberlo, estaba descubriendo algo esencial:

“Resolver un problema matemático no consiste solamente en conocer un procedimiento; consiste en aprender a pensar cuando el procedimiento todavía no aparece.”

Fue entonces cuando algunas áreas comenzaron a despertar en mí una fascinación especial.

La Geometría Analítica me cautivó. Encontré en ella una manera extraordinaria de conectar dos mundos que parecían diferentes: la geometría y el álgebra. Una figura podía convertirse en una ecuación; una ecuación podía revelar una figura.

Las Identidades Trigonométricas también me apasionaron. Me sorprendía descubrir que expresiones aparentemente distintas podían esconder una misma estructura.

Después llegaron el precálculo y el cálculo diferencial e integral, que fui aprendiendo en buena medida de manera autodidacta. Más adelante llegaron las ecuaciones diferenciales y otros campos que fueron ampliando progresivamente mi horizonte matemático.

Pero mirando hacia atrás, creo que lo verdaderamente importante no fue haber aprendido una determinada cantidad de contenidos.

Lo verdaderamente importante fue haberme dado la oportunidad de aprender.

Esa decisión cambió mi relación con las Matemáticas.

Lo que inicialmente podía considerarse una debilidad comenzó a transformarse, poco a poco, en una fortaleza.

Y quizá allí se encuentre una de las lecciones más importantes que quisiera transmitir a los jóvenes:

“No debemos confundir aquello que todavía no sabemos hacer con aquello que nunca podremos hacer.”

Con el paso de los años, esta experiencia personal terminó influyendo profundamente en mi manera de enseñar.

Durante aproximadamente 35 años, he tenido la oportunidad de compartir esta pasión y esta dedicación con los grupos a los que he impartido clase. Y existe algo que procuro tener siempre presente al preparar una sesión: pensar precisamente en aquel estudiante al que las Matemáticas le cuestan más trabajo.

En aquel que observa un ejercicio y piensa:

“No puedo resolverlo.”

En aquel que tiene miedo de equivocarse.

En aquel que necesita más tiempo.

En aquel que alguna vez llegó a pensar que las Matemáticas simplemente no eran para él.

Por eso intento que cada sesión tenga también un propósito que va más allá de transmitir conocimientos: ayudar al estudiante a recuperar la confianza en su propia capacidad para aprender.

No se trata de resolver el ejercicio por él.

Se trata de acompañarlo hasta que pueda resolverlo por sí mismo.

Primero una explicación.

Después una orientación.

Luego una pregunta.

Tal vez una pequeña pista.

Y finalmente, ese momento que para un docente puede ser uno de los más gratificantes:

El estudiante encuentra el camino.

Resuelve el ejercicio.

Levanta la mirada.

Y comprende que pudo hacerlo.

En apariencia, solamente se resolvió un problema matemático.

Pero en realidad ocurrió algo mucho más importante.

Se resolvió una barrera mental.

El estudiante acaba de descubrir:

“Sí puedo.”

Y quizá ésa sea una de las experiencias más importantes que puede proporcionar un buen maestro.

Porque enseñar Matemáticas no consiste solamente en transmitir fórmulas, procedimientos o teoremas. También consiste en enseñar a una persona a enfrentarse con aquello que todavía no comprende sin sentirse derrotada por ello.

La dificultad puede convertirse en curiosidad.

La curiosidad puede convertirse en estudio.

El estudio puede convertirse en comprensión.

La comprensión puede convertirse en confianza.

Y la confianza puede convertirse en vocación.

Por eso, después de todos estos años, sigo creyendo que una de las preguntas más importantes que podemos hacerle a un joven no es: “¿Eres bueno para las Matemáticas?”

Sino: “¿Estás dispuesto a aprender aquello que todavía no sabes?”

Porque quizá allí comience realmente una vocación científica.

No necesariamente en el talento extraordinario.

No necesariamente en la rapidez.

No necesariamente en la memoria.

Sino en la curiosidad, en la perseverancia y en la voluntad de permanecer frente a una pregunta hasta encontrar un camino.

Tal vez ésta sea también la razón por la que las Matemáticas continúan fascinándome.

Porque nunca terminan.

Cada respuesta abre otra pregunta.

Cada demostración puede conducir hacia una nueva teoría.

Cada estructura puede revelar otra más profunda.

Y detrás de aquello que creemos comprender completamente puede existir todavía un territorio desconocido.

Por eso, al joven que hoy piensa estudiar una Licenciatura en Matemáticas quisiera decirle algo que aprendí con el tiempo: “No determines tu futuro por aquello que hoy todavía no sabes hacer.”

Dale a tu mente la oportunidad de aprender.

Permítete equivocarte.

Permítete preguntar.

Permítete comenzar nuevamente.

Y, sobre todo, no tengas miedo de descubrir que al principio no eres bueno en algo.

Porque quizá esa dificultad sea precisamente el comienzo de una de tus mayores pasiones.

En mi caso, aquella dificultad inicial terminó convirtiéndose en una vocación que, durante décadas, no solamente me permitió seguir aprendiendo Matemáticas, sino también compartir con otros el maravilloso momento en que una persona descubre que puede comprender aquello que antes parecía imposible.

Y entonces comprendí algo que hoy considero esencial:

“La vocación científica no siempre nace de saber; muchas veces nace del deseo profundo de llegar a saber.”

Quizá por eso el futuro de las Matemáticas no esté solamente en los grandes laboratorios, en las universidades o en los centros de investigación.

Quizá también esté en un salón de clases.

En un joven que levanta la mano y pregunta:

“¿Por qué?”

En otro que se equivoca y vuelve a intentarlo.

En otro que descubre un patrón.

En otro que resuelve por primera vez un problema sin ayuda.

Y, tal vez, en alguno de ellos se encuentre la mente que mañana formulará una pregunta que hoy todavía no sabemos siquiera cómo expresar.

Porque cada generación recibe de la anterior un universo de conocimientos, pero también recibe algo mucho más valioso:

La posibilidad de ir más allá de ellos.

Y ése, quizá, sea el verdadero significado de estudiar Matemáticas en el siglo XXI: “No aprender solamente a comprender el mundo que hemos heredado, sino adquirir las herramientas intelectuales para descubrir el mundo que todavía no conocemos.”

Me quedo con una frase atribuida al matemático ruso Aleksandr Khinchin que, para mí, resume de manera sencilla y profunda el espíritu de quien decide dedicar su vida a las Matemáticas:

“Un matemático solamente necesita un papel y un lápiz para hacer una gran contribución a la ciencia. No necesita grandes suministros ni laboratorios; de vez en cuando, una buena biblioteca.”

Y es cierto. La inspiración no conoce horarios ni lugares. Puede aparecer frente a un escritorio, durante una conversación, en medio de una clase o, incluso, en una humilde servilleta. Yo mismo he trabajado alguna vez de esa manera, porque una idea matemática puede llegar sin avisar: en un instante, como un chispazo, como una intuición repentina, como una visión que obliga a detenerse y escribir antes de que desaparezca.

Quizá ésa sea una de las características más fascinantes de las Matemáticas: no siempre necesitan de grandes espacios para comenzar; a veces sólo requieren una mente dispuesta a observar, una pregunta y un lugar donde escribirla.

Me considero, todavía, un matemático en formación. Y digo “en formación” con plena convicción, porque cuanto más estudio, más consciente soy de todo lo que aún desconozco. Continúo admirándome ante aquello que encuentro en esta ciencia exacta: desde lo infinitamente pequeño hasta las dimensiones de lo cósmico; desde una sencilla expresión escrita sobre el papel hasta la complejidad de una simulación computacional matemática.

Las Matemáticas me siguen produciendo asombro.

Y quizá ésa sea la mejor señal de que todavía queda mucho por aprender.

Por ello, quiero expresar mi profundo agradecimiento a quienes, de una u otra manera, han participado y contribuido con sus conocimientos, enseñanzas y experiencias en este maravilloso camino de la Ciencia Exacta: Rubén Sansón Ramírez, Florencio Martínez Martínez, Enrique Jaime Godínez, Guillermo Guillot García y el Dr. Francisco Bulnes Aguirre.

Cada enseñanza, cada conversación, cada orientación y cada experiencia compartida han contribuido a enriquecer este camino y a mantener viva la curiosidad por seguir aprendiendo, preguntando y descubriendo.

A todos ustedes, mi reconocimiento, mi respeto y mi gratitud.

Muchas gracias por tanto.

Porque, al final, quizá la verdadera grandeza de las Matemáticas no consista únicamente en las respuestas que nos permiten encontrar, sino en la capacidad que tienen para mantener viva en nosotros una pregunta fundamental:

¿Qué más falta por descubrir?

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