La pelota que mueve mercados y multitudes

Héctor Quijano Munguía
Universidad Autónoma de Yucatán
ORCID: 0009-0008-3967-4834
Email: hectorqm18@gmail.com
Mérida, Yucatán.
México.

Dra. Elizabeth Galindo Linares.
Universidad Autónoma de Sinaloa
ORCID: 0000-0001-8440-224X
Email: galindoe@uas.edu.mx
Mérida, Yucatán.
México.
“Existen fenómenos que parecen caóticos; sin embargo, detrás de estos suelen esconderse patrones que sólo se revelan cuando aprendemos a observar el sistema completo.” E. Galindo Linares.
Idea inspirada en lecturas sobre sistemas complejos.

¿Puede un balón mover mucho más que un partido?
Cuando el árbitro hizo sonar el silbato inicial del Mundial 2026, millones de personas miraron hacia el mismo lugar.
Unas analizaron las alineaciones, otras discutieron las posibilidades de su selección y muchas más simplemente disfrutaron del espectáculo. Pero mientras todos mirábamos el césped, otro partido, mucho menos visible, llevaba meses jugándose fuera de la cancha.
En ese partido los goles se traducen en inversiones, los estadios impulsan obras de infraestructura, los hoteles ajustan sus tarifas, las aerolíneas reorganizan sus rutas y las casas de apuestas corrigen sus probabilidades cada vez que cambia la información.
Comprar un boleto, reservar un vuelo, adquirir la camiseta oficial o publicar una opinión en redes parece insignificante por sí solo. Pero cuando millones de personas lo hacen casi al mismo tiempo, surge algo que ninguna de ellas planeó.
Esta edición tiene además algo inédito: por primera vez tres países (Canadá, Estados Unidos y México) comparten la sede, y es también el primer Mundial con 48 selecciones.
Recordemos que en 2002 Japón y Corea del Sur ya fueron coanfitriones, pero nunca antes habían sido tres naciones con realidades económicas, sociales y culturales tan distintas.
El balón rueda noventa minutos; sus efectos empiezan años antes y continuarán mucho después del silbatazo final.
Los ejemplos abundan.
El valor de un futbolista puede subir tras una gran actuación; un patrocinador multiplica la visibilidad de su marca con una campaña acertada; la reventa de boletos crea mercados paralelos donde los precios cambian en minutos; y la publicación de un creador de contenido puede modificar tendencias de consumo casi de inmediato.
Incluso un hecho aparentemente anecdótico, como el obsequio de relojes de lujo a jugadores de la selección mexicana por parte de un influencer (Steve Will Do lt), abre debates sobre publicidad, prestigio y el poder de las redes para amplificar fenómenos económicos y culturales.
A primera vista, todo esto parece independiente: el turismo es asunto de la economía, la identidad y los rituales de los aficionados interesan a la sociología, las apuestas son estrategia comercial y la circulación de información compete a la comunicación digital. ¿Es realmente posible separarlos cuando ocurren alrededor del mismo balón?
Cada persona actúa por motivos propios: pasión, interés económico, identidad nacional, curiosidad, tradición familiar o simple entretenimiento.
Sin embargo, al sumarse esas decisiones aparecen comportamientos que nadie diseñó: la demanda de boletos, la saturación de destinos turísticos, la propagación de rumores, la volatilidad de la reventa o el auge de las apuestas.
Nadie dirige ese comportamiento colectivo, aunque el torneo en sí esté minuciosamente organizado.
Algo así pasa también fuera del fútbol: en la bolsa, en el tráfico de una ciudad a la hora pico, en la propagación de una epidemia y hasta en la forma en que una multitud abandona un estadio al terminar el partido.
No hablamos de caos en sentido estricto, sino de sistemas complejos: muchas piezas sencillas que, al interactuar, producen comportamientos que ninguna tiene por sí sola. Piensa en el mar: una gota de agua no tiene oleaje, pero billones de gotas juntas sí.
¿Por qué las ciencias volvieron a encontrarse?
Si el Mundial interesa al mismo tiempo a economistas, sociólogos, ingenieros, médicos, urbanistas, comunicólogos y científicos de datos, vale preguntarse cómo un solo acontecimiento puede convocar a disciplinas tan distintas.
La respuesta está en la historia.
Durante siglos no hubo físicos, economistas ni sociólogos tal como los conocemos; había personas curiosas por comprender la naturaleza, la sociedad y el lugar del ser humano en el mundo.
Todas esas preguntas formaban parte de una misma búsqueda.
Con el tiempo, y conforme el conocimiento creció, fue necesario organizarlo.
Así nacieron la física, la economía, la biología y la sociología, cada una con sus métodos y su lenguaje.
Esa división permitió avances extraordinarios, pero a veces cada disciplina terminó viendo solo un fragmento de problemas más grandes que ella.
El Mundial lo ilustra bien. Un economista estudia el impacto del turismo y las inversiones.
Un sociólogo analiza la identidad colectiva y el comportamiento de las multitudes. Un ingeniero se ocupa de la infraestructura y el transporte.
Un médico piensa en la salud pública: el calor, las aglomeraciones, las enfermedades que viajan con los visitantes.
Un especialista en comunicación observa cómo circula la información.
Y un físico puede preguntarse si todos esos procesos se parecen a los de otros sistemas complejos de la naturaleza.
Ninguna mirada basta por sí sola, pero tampoco compiten: se complementan. La realidad no trae fronteras de fábrica; las construimos nosotros para estudiarla mejor.
Por eso la interdisciplinariedad no es una moda académica ni un regreso nostálgico al saber antiguo, sino la respuesta natural a problemas que ya no caben en una sola ciencia.
¿Qué puede decir la física sobre un Mundial de fútbol?
Un gol modifica el ánimo de millones; la demanda de boletos cambia en minutos; hoteles y aerolíneas ajustan precios; las plataformas digitales multiplican las interacciones.
Durante décadas, estos fenómenos fueron territorio casi exclusivo de la economía.
Pero el análisis de grandes volúmenes de datos mostró algo incómodo para los modelos tradicionales: en los mercados, las subidas y caídas extremas ocurren con más frecuencia de lo que predecía la clásica curva de campana.
Eso llevó a una pregunta novedosa: ¿podrían servir las herramientas de la física?
Al fin y al cabo, la física lleva mucho tiempo estudiando sistemas con millones de partículas que interactúan entre sí.
A mediados de los años noventa, H. Eugene Stanley y sus colaboradores dieron nombre a esta línea de trabajo, la econofísica, que aplica los métodos de la física estadística a los fenómenos económicos; en 1997 se celebró en Budapest uno de los primeros encuentros dedicados al tema.
No pretendía reemplazar a la economía, sino acompañarla.
Los patrones, además, se pueden ver a simple vista.
Los modelos de dinámica de multitudes, usados para diseñar estadios y salidas de emergencia, muestran cómo miles de personas que no se conocen terminan formando flujos y atascos que ninguna planeó.
Un Mundial es, desde esta mirada, un laboratorio a cielo abierto para entender cómo las expectativas y las decisiones de millones dejan huellas medibles.
¿Qué está ocurriendo realmente fuera de la cancha?
La venta de boletos es un buen ejemplo.
Cuando se abre una nueva fase, millones intentan comprar al mismo tiempo, la demanda rebasa a la oferta y surge la reventa, con precios que cambian en minutos.
La economía lo explica con oferta y demanda, pero cuando los compradores están repartidos por el mundo y conectados por plataformas, también importa cómo corre la información y cómo reacciona cada quien ante la escasez.
Lo mismo pasa con las apuestas y con el valor de los futbolistas. Un gol, una lesión o un cambio de alineación mueven las expectativas casi en tiempo real.
Una buena actuación puede elevar el valor de un jugador, y no solo por lo que hizo en la cancha, sino por su exposición en medios, la imagen que el público se forma de él y lo que se espera de su futuro.
Las redes sociales aceleran todo. Un comentario, un video o una fotografía recorren el mundo en minutos, refuerzan la imagen de un deportista o cambian decisiones de consumo. Lo que parece un hecho aislado puede tener efectos económicos y sociales de gran alcance.
Vistos por separado, estos fenómenos parecen obedecer a lógicas distintas.
En conjunto muestran lo mismo: dependen de la interacción de miles o millones de personas.
¿Por qué el Mundial puede enseñarnos algo sobre nosotros mismos?
Cada Copa del Mundo deja imágenes que se quedan en la memoria: un gol inesperado, una gran atajada, la tristeza de una eliminación.
Pero detrás hay otra historia que casi nunca ocupa los titulares: la de millones de personas que, sin conocerse, toman decisiones y comparten información, y juntas son capaces de mover mercados y cambiar la manera en que una sociedad vive el fútbol.
El espectáculo no termina con el silbatazo final. Continúa en los mercados, las plataformas digitales, los aeropuertos, los hoteles y las plazas donde la gente se reúne a celebrar o lamentar.
Eso es lo que la econofísica nos ayuda a ver: muchos fenómenos sociales no obedecen a un plan central, sino que emergen de lo que hacemos todos los días. Entenderlo no le quita emoción al deporte; se la suma.
Para un México que fue sede, aprender a leer estos patrones es también una forma de prepararse para el futuro: mejor infraestructura, mejores decisiones públicas y ciudadanos más informados.
Al final, el verdadero protagonista no es solo el balón, sino las personas que lo siguen.
Y queda una pregunta para la próxima entrega: ¿por qué una victoria de la selección mexicana puede modificar, en cuestión de horas, el turismo, la venta de camisetas, las apuestas deportivas e incluso las conversaciones en redes sociales?














