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domingo, noviembre 8, 2026
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El tablero de la guerra: Sun Tzu y la geometría estratégica del ajedrez.

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“Antes de mover una pieza, conquista el pensamiento; antes de librar una batalla, comprende el territorio. Porque en el ajedrez, como en la guerra, la victoria comienza mucho antes del primer movimiento”

Dedicado a mis grandes amigos: Dr. Joaquín Fernández Amigo, Raciel René Prat Primelles, Fernando Hernández Calvillo y Juan Edgardo Pacheco Vega.

Preámbulo. Entre los libros, la estrategia y las 64 casillas

En casa conservo una biblioteca modesta; modesta no por el valor de sus libros, sino por la cantidad que hoy alberga.

Hubo un tiempo en que reunía alrededor de 1,500 volúmenes, tantos que ocupaban una habitación completa y cinco libreros.

Con el paso de los años, aquella biblioteca se transformó en un solo librero, pero conserva algo que considero mucho más importante que su tamaño: una colección de conocimientos, ideas y pensamientos que continúan acompañándome.

Entre sus estantes conviven libros de matemáticas, cálculo, programación y física, escritos en distintos idiomas.

Cada uno representa una ventana hacia alguna disciplina, una invitación a descubrir, aprender y, sobre todo, seguir preguntando. También he reservado un espacio especial para los clásicos, aquellas obras que, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, mantienen una extraordinaria vigencia.

Allí se encuentran dos libros que siempre he considerado dignos de una lectura pausada: El libro de los cinco anillos, de Miyamoto Musashi, y El arte de la guerra, de Sun Tzu.

En ocasiones, algunos de estos libros se convierten en compañeros de viaje.

Me acompañan durante el trayecto al trabajo, haciendo más agradable el recorrido, o durante el regreso a casa, cuando la tranquilidad del camino permite detenerse en una reflexión, recuperar una idea o simplemente disfrutar de la lectura.

Precisamente, de una de mis lecturas más recientes de El arte de la guerra surgió una inquietud que quise explorar: ¿qué relación puede existir entre los principios estratégicos de Sun Tzu y el ajedrez, ese deporte-ciencia que tanto me apasiona?

La pregunta me condujo a encontrar interesantes correspondencias entre el pensamiento militar del antiguo estratega chino y las decisiones que un ajedrecista enfrenta sobre las 64 casillas.

El dominio del territorio, el conocimiento del adversario, la anticipación, el engaño estratégico, la economía de fuerzas y la preparación de la victoria son conceptos que adquieren una dimensión particular cuando los trasladamos al tablero.

De esa inquietud nace el presente artículo.

No pretende ser un tratado de estrategia militar ni un manual de ajedrez, sino una aproximación pedagógica y reflexiva que invita a observar una partida desde otra perspectiva: comprender que detrás de cada movimiento existe una intención, detrás de cada sacrificio una posible compensación y detrás de cada decisión una serie de consecuencias que el jugador debe aprender a anticipar.

Espero sinceramente que esta lectura despierte nuevas ideas, motive alguna reflexión o proporcione herramientas que puedan ponerse en práctica durante una partida.

Quizá, después de recorrer estas páginas, observemos el tablero de una manera diferente y descubramos que, en ocasiones, la mejor jugada no es la más evidente, sino aquella cuyo verdadero propósito todavía permanece oculto.

Como siempre, agradezco profundamente el tiempo que dedican a leerme y compartir estas reflexiones.

Los libros nos permiten viajar sin abandonar nuestro lugar, pero también nos ofrecen algo extraordinario: la posibilidad de mirar de otra manera aquello que creíamos conocer.

Muchas gracias por acompañarme en este nuevo recorrido, esta vez entre las enseñanzas de Sun Tzu y el fascinante universo de las 64 casillas.

Introducción. Cuando la inteligencia se convierte en estrategia

“La suprema excelencia consiste en vencer al enemigo sin luchar”

Esta célebre máxima, atribuida a Sun Tzu en El arte de la guerra, encierra una de las ideas más profundas que podemos encontrar en el pensamiento estratégico: la victoria no siempre es consecuencia de la fuerza empleada durante el enfrentamiento, sino de la inteligencia con la que se prepara, se comprende y se conduce una batalla.

Si trasladamos esta concepción al universo del ajedrez, descubrimos una extraordinaria correspondencia entre el pensamiento militar de la antigua China y el arte de conducir una partida sobre un tablero de 64 casillas.

Ambos territorios, aparentemente distintos, comparten una misma esencia: la necesidad de pensar antes de actuar, anticipar las decisiones del adversario, administrar los recursos disponibles y construir las condiciones necesarias para alcanzar un objetivo.

El ajedrez no consiste exclusivamente en desplazar piezas, capturar material o ejecutar combinaciones brillantes.

Es, ante todo, un ejercicio de inteligencia estratégica. Cada movimiento representa una decisión que modifica la estructura de la posición, altera las posibilidades del adversario y abre o cierra determinados caminos hacia la victoria.

En este sentido, el tablero constituye un espacio geométrico de confrontación donde las piezas representan fuerzas, las casillas adquieren valor territorial y el tiempo se convierte en un recurso estratégico.

Por su parte, El arte de la guerra, atribuido al estratega chino Sun Tzu, ofrece un conjunto de principios que permiten comprender la naturaleza de los conflictos y la manera de conducirlos.

Sus enseñanzas sobre el conocimiento del adversario, el engaño, la administración de los recursos, el dominio del terreno y la anticipación encuentran en el ajedrez un campo extraordinario de aplicación.

El propósito de este ensayo es establecer una relación pedagógica entre ambas disciplinas, examinando cómo los principios estratégicos de Sun Tzu pueden interpretarse desde la práctica ajedrecística.

No pretendemos convertir el ajedrez en una simulación literal de la guerra, sino reconocer que ambos comparten estructuras de pensamiento: análisis, planificación, incertidumbre, cálculo y toma de decisiones.

Porque, en el ajedrez, como en la guerra, no siempre vence quien dispone de mayores fuerzas, sino quien comprende mejor las posibilidades de utilizarlas.

1. El tablero como territorio de guerra: conquistar el espacio antes que el material

En El arte de la guerra, Sun Tzu concede una importancia fundamental al terreno. Conocer sus características, identificar sus ventajas y comprender las dificultades que presenta resulta indispensable para conducir cualquier operación militar.

En el ajedrez, el terreno está representado por las 64 casillas. Aunque todas tienen dimensiones idénticas, no poseen necesariamente el mismo valor estratégico. Su importancia depende de la posición, de las piezas que las controlan, de las posibilidades de ocupación y de las consecuencias que puede producir su dominio.

Pensemos, por ejemplo, en las cuatro casillas centrales: e4, d4, e5 y d5.

Su importancia no se debe a que tengan alguna propiedad geométrica especial, sino a que desde ellas las piezas pueden ejercer una influencia considerable sobre diferentes sectores del tablero.

Cuando un jugador coloca un peón en e4 o d4, no está realizando únicamente un movimiento de avance.

Está intentando establecer una presencia territorial, restringir las posibilidades del contrario y facilitar el desarrollo de sus propias piezas.

Esta idea permite comprender uno de los principios fundamentales de la estrategia ajedrecística: el control del centro constituye una forma de dominio espacial que puede transformarse en ventaja posicional.

Un caballo situado en e5, por ejemplo, puede controlar importantes casillas alrededor de su posición, mientras que un alfil ubicado en una diagonal abierta puede ejercer presión sobre sectores distantes del tablero.

De esta manera, una pieza no necesita ocupar físicamente todas las casillas para ejercer influencia sobre ellas.

Aquí encontramos una primera correspondencia con Sun Tzu: conquistar un territorio no significa necesariamente ocuparlo por completo, sino adquirir la capacidad de controlar sus posibilidades.

En términos ajedrecísticos, el jugador que domina el centro suele disponer de mayor libertad para maniobrar, trasladar sus fuerzas y organizar ataques. El adversario, por el contrario, puede verse obligado a defenderse y a responder a las amenazas planteadas.

La lección es clara: antes de buscar la captura de una pieza, conviene preguntarse qué espacio se está conquistando y qué posibilidades se están generando.

2. Conócete a ti mismo y conoce a tu adversario: la evaluación de la posición

Uno de los principios más conocidos de El arte de la guerra sostiene que conocer las propias capacidades y las del adversario permite comprender mejor las condiciones de un enfrentamiento.

En el ajedrez, este principio adquiere una dimensión particularmente interesante. El jugador necesita evaluar permanentemente dos posiciones simultáneas: la suya y la de su contrario.

No basta con preguntarse qué movimiento resulta conveniente para nuestras piezas. También es indispensable comprender qué pretende hacer el adversario, qué amenazas está preparando y cuáles son sus posibilidades tácticas.

Un error frecuente entre los jugadores consiste en analizar exclusivamente sus propias intenciones.

Observan una combinación, imaginan un ataque y calculan una secuencia de movimientos sin considerar suficientemente la respuesta contraria.

Sin embargo, el ajedrez exige una disciplina intelectual distinta: antes de ejecutar una jugada, debemos preguntarnos qué respondería nuestro oponente.

Esta práctica puede organizarse mediante tres preguntas fundamentales:

  1. ¿Qué amenaza está planteando mi adversario?
  2. ¿Qué posibilidades tácticas y estratégicas tengo disponibles?
  3. ¿Qué consecuencias tendrá mi movimiento después de la mejor respuesta contraria?

Estas preguntas permiten transformar una jugada impulsiva en una decisión razonada.

Por ejemplo, si nuestro adversario amenaza capturar una pieza, no necesariamente debemos defenderla de manera inmediata. Puede existir una combinación que permita crear una amenaza superior, ganar tiempo o modificar favorablemente la posición.

La enseñanza estratégica consiste en comprender que defender no siempre significa retroceder y atacar no siempre significa avanzar.

En ocasiones, la mejor defensa es una maniobra que obliga al contrario a abandonar sus intenciones originales.

De esta manera, el conocimiento del adversario se convierte en una herramienta de anticipación.

El jugador comienza a pensar no solamente en movimientos individuales, sino en secuencias de decisiones interdependientes.

3. El engaño estratégico: cuando una jugada esconde otra intención

Sun Tzu considera el engaño como uno de los instrumentos fundamentales de la estrategia militar.

En la guerra, mostrar una intención distinta de la verdadera puede modificar las decisiones del adversario y conducirlo a una posición desfavorable.

En el ajedrez encontramos una manifestación extraordinaria de este principio mediante las celadas, las amenazas dobles, las desviaciones, las clavadas, las sobrecargas y los sacrificios.

Una jugada puede parecer defensiva, pero esconder una amenaza de ataque. Otra puede ofrecer aparentemente una pieza sin compensación, cuando en realidad prepara una combinación que conduce a una ventaja decisiva.

Imaginemos una posición en la que un jugador permite que su adversario capture un peón.

A primera vista, parece haber cometido un error. Sin embargo, esa captura puede provocar que la dama contraria abandone una casilla defensiva, dejando al rey expuesto a una combinación táctica.

El movimiento inicial no debe interpretarse aisladamente. Su verdadero significado aparece cuando comprendemos la secuencia completa.

Aquí encontramos una de las enseñanzas más interesantes para el ajedrecista: una jugada no siempre debe valorarse por lo que gana inmediatamente, sino por las decisiones que obliga a tomar al adversario.

El sacrificio de una pieza puede ser una inversión estratégica. Se entrega material para obtener iniciativa, abrir líneas, debilitar la estructura de peones o conducir al rey contrario hacia una zona vulnerable.

Sin embargo, es importante establecer una distinción: no todo sacrificio es correcto por el simple hecho de sorprender al adversario. Para que tenga fundamento ajedrecístico, debe existir una compensación verificable, ya sea táctica, posicional o dinámica.

La enseñanza de Sun Tzu no consiste en engañar por engañar, sino en utilizar la información, la percepción y las expectativas del contrario como elementos de la estrategia.

En el tablero, la verdadera sorpresa no es necesariamente una jugada espectacular, sino aquella que el adversario no había considerado dentro de sus posibilidades.

4. La economía de fuerzas: no todas las piezas deben combatir al mismo tiempo

En la guerra, administrar los recursos disponibles resulta tan importante como disponer de ellos.

Sun Tzu reconoce que una estrategia eficaz debe evitar el desgaste innecesario y aprovechar adecuadamente las fuerzas propias.

En el ajedrez, esta idea se manifiesta mediante el desarrollo, la coordinación y la actividad de las piezas.

Un jugador puede tener todas sus piezas sobre el tablero y, sin embargo, encontrarse en una posición inferior si estas no participan de manera coordinada.

Pensemos en una dama que realiza múltiples movimientos durante la apertura mientras sus caballos y alfiles permanecen en sus casillas iniciales. Aunque la dama tenga gran movilidad, el ejército de piezas no está organizado.

Por el contrario, un jugador que desarrolla sus caballos, activa sus alfiles, enroca y conecta sus torres puede alcanzar una posición considerablemente más saludable sin haber capturado una sola pieza.

Esto nos conduce a una distinción fundamental:

  • Tener material significa disponer de piezas.
  • Tener actividad significa poder utilizarlas eficazmente.
  • Tener coordinación significa conseguir que trabajen en función de un objetivo común.

La diferencia entre estos tres conceptos es esencial para comprender el ajedrez estratégico.

Una torre situada en una columna abierta puede ser mucho más poderosa que otra encerrada detrás de sus propios peones.

Un alfil puede convertirse en una pieza extraordinaria cuando sus diagonales están despejadas, mientras que un caballo puede dominar una casilla avanzada y estable desde la cual restringir las operaciones contrarias.

Por ello, la pregunta correcta no es solamente cuántas piezas tenemos, sino qué función desempeña cada una dentro de nuestro plan.

La economía de fuerzas en el ajedrez consiste en evitar movimientos innecesarios, no desperdiciar tiempos y conseguir que cada pieza participe en la lucha por objetivos concretos.

5. La velocidad y el tiempo: el desarrollo como ventaja estratégica

Otro principio importante de Sun Tzu se relaciona con la oportunidad y la rapidez para ejecutar las operaciones necesarias.

En el ajedrez, el tiempo adquiere una dimensión particular: cada jugador dispone de un turno para modificar la posición, y cada movimiento puede representar una oportunidad ganada o perdida.

En este contexto aparece el concepto de tempo, fundamental para comprender las aperturas y las maniobras tácticas.

Cuando un jugador desarrolla una pieza y, al mismo tiempo, obliga al adversario a defenderse, puede obtener una ventaja de tiempo. Si consigue que el contrario mueva repetidamente una misma pieza mientras desarrolla las propias, habrá ganado oportunidades para organizar su posición.

Veamos un ejemplo sencillo:

  1. e4 e5
  2. Cf3 Cc6
  3. Ac4

Las blancas han ocupado espacio central, desarrollado un caballo y colocado su alfil en una diagonal activa.

No han conseguido una victoria inmediata, pero han comenzado a construir una posición coordinada.

El desarrollo temprano permite preparar el enroque, conectar las torres y aumentar la presión sobre el centro.

La lección estratégica es que el tiempo no debe medirse únicamente por el número de movimientos realizados, sino por la calidad de las transformaciones que cada movimiento produce.

Una jugada puede parecer pequeña y, sin embargo, modificar considerablemente las posibilidades de la posición.

Por eso, en ajedrez, perder un tiempo puede significar permitir que el adversario complete su desarrollo, consolide una ventaja o tome la iniciativa.

6. El medio juego: la batalla de las decisiones y la geometría de las piezas

Si la apertura representa el despliegue de las fuerzas, el medio juego constituye el momento en que las decisiones estratégicas comienzan a producir consecuencias concretas.

En esta fase, el tablero se convierte en una estructura dinámica. Las piezas establecen relaciones de ataque y defensa, los peones delimitan espacios y las líneas abiertas permiten que las torres, los alfiles y la dama ejerzan presión sobre objetivos específicos.

Aquí podemos introducir una interpretación geométrica del ajedrez.

Cada pieza tiene una forma particular de desplazamiento y, por tanto, una manera distinta de relacionarse con el espacio.

  • El alfil domina diagonales y puede ejercer influencia a larga distancia.
  • La torre controla filas y columnas.
  • El caballo realiza desplazamientos discontinuos y puede superar obstáculos.
  • La dama combina las capacidades geométricas de la torre y el alfil.
  • El rey representa el objetivo fundamental de la protección y la amenaza de mate.
  • El peón, aunque limitado en su movimiento, puede modificar profundamente la estructura territorial.

Estas diferencias generan una geometría de posibilidades. Una casilla puede estar defendida por varias piezas, mientras que otra puede convertirse en un punto débil debido a la ausencia de coordinación.

El jugador estratégico aprende a identificar estas relaciones.

Una diagonal abierta puede transformar un alfil aparentemente pasivo en una fuerza dominante.

Una columna semiabierta puede permitir que una torre penetre en territorio enemigo. Una casilla débil puede convertirse en una base de operaciones para un caballo.

Desde la perspectiva de Sun Tzu, el medio juego puede interpretarse como el momento en que el conocimiento del terreno, la disposición de las fuerzas y la anticipación del adversario se integran en una estrategia concreta.

No se trata de atacar todas las debilidades simultáneamente, sino de identificar cuál de ellas puede producir mayores consecuencias.

7. El final de partida: convertir la estrategia en victoria

En El arte de la guerra, la victoria no depende exclusivamente de iniciar correctamente una confrontación, sino de conducirla hasta alcanzar el objetivo.

En el ajedrez, esta idea encuentra su expresión más precisa en el final de partida.

Cuando desaparecen las damas y gran parte de las piezas menores, el tablero adquiere una configuración diferente. Los reyes pueden participar activamente, los peones adquieren mayor importancia y cada movimiento puede tener consecuencias decisivas.

Un peón pasado, por ejemplo, puede representar una amenaza estratégica que obliga al adversario a reorganizar sus fuerzas. Una torre activa puede compensar una desventaja material, mientras que un rey centralizado puede convertirse en una pieza fundamental para conseguir la promoción.

En esta etapa, la precisión es indispensable.

No basta con haber obtenido una ventaja durante el medio juego. Es necesario saber convertirla.

Aquí aparecen conceptos fundamentales como la oposición, la triangulación, la zugzwang, la actividad del rey, la casilla de coronación y la creación de peones pasados.

La zugzwang resulta especialmente interesante desde la perspectiva estratégica: se presenta cuando el jugador que debe mover se encuentra en una situación en la que cualquier movimiento legal empeora su posición.

Es una forma de presión extraordinaria. No siempre es necesario capturar una pieza o dar jaque para conseguir una ventaja decisiva. En ocasiones, basta con construir una posición en la que el adversario no tenga movimientos satisfactorios.

Esta situación nos devuelve a la máxima de Sun Tzu: la excelencia estratégica consiste en preparar las condiciones de la victoria antes de que el enfrentamiento alcance su desenlace.

8. El ajedrez como sistema matemático de decisiones

Más allá de su dimensión militar y filosófica, el ajedrez puede estudiarse como un sistema matemático de decisiones.

Cada posición constituye un estado determinado del juego. A partir de ella se generan diferentes movimientos legales y, después de cada movimiento, aparecen nuevas posiciones con sus correspondientes posibilidades.

Podemos representar esta estructura mediante un árbol de decisiones:

  • La posición inicial constituye el estado de partida.
  • Cada movimiento legal genera una nueva rama.
  • La respuesta del adversario abre nuevas posibilidades.
  • La secuencia de decisiones produce una trayectoria particular dentro del árbol.
  • El resultado final depende de las decisiones adoptadas por ambos jugadores.

Esta representación permite comprender por qué el ajedrez posee una complejidad combinatoria extraordinaria.

El jugador no calcula únicamente su siguiente movimiento. Necesita considerar las respuestas posibles del adversario y las consecuencias posteriores de cada una.

Por ello, la estrategia ajedrecística está relacionada con la teoría de juegos, la búsqueda en árboles, la optimización y la toma de decisiones bajo incertidumbre.

Podemos expresar conceptualmente la elección de una jugada mediante una función de evaluación:

Esta expresión no pretende ser una función universal de evaluación ajedrecística, sino una representación pedagógica de los factores que intervienen en el análisis de una posición.

De esta manera, el ajedrecista puede comprender que una jugada aparentemente inferior desde el punto de vista material puede resultar superior cuando ofrece mayor actividad, iniciativa o posibilidades de ataque.

La matemática nos permite observar el ajedrez desde una perspectiva adicional: no como una sucesión aislada de movimientos, sino como un sistema dinámico de posibilidades donde cada decisión modifica el conjunto de futuros estados alcanzables.

Sun Tzu aporta la dimensión estratégica de la anticipación; las matemáticas permiten estudiar formalmente las estructuras de decisión que hacen posible esa anticipación.

9. La gran lección: vencer sin necesidad de destruir

Existe una enseñanza particularmente profunda en la relación entre Sun Tzu y el ajedrez: la victoria no siempre exige destruir las fuerzas del adversario.

En determinadas posiciones, un jugador puede obtener una ventaja decisiva mediante el control del espacio, la restricción de movimientos, la presión sobre una debilidad o la construcción de una posición técnicamente ganadora.

El adversario puede conservar prácticamente todas sus piezas y, sin embargo, encontrarse en una situación en la que sus posibilidades de resistencia sean muy limitadas.

Esto demuestra que el ajedrez no debe entenderse exclusivamente como un juego de capturas.

La verdadera fuerza de una posición reside en las posibilidades que ofrece y en las que niega al contrario.

Un jugador puede controlar una columna, dominar una casilla central, impedir la liberación de los peones contrarios y restringir la movilidad de las piezas enemigas sin necesidad de iniciar un ataque inmediato.

En este sentido, el concepto de victoria estratégica adquiere una dimensión más amplia: ganar significa haber construido una posición en la que nuestras posibilidades superan de manera objetiva las del adversario.

La fuerza no siempre se manifiesta en la agresividad. A veces aparece en la paciencia, en la precisión y en la capacidad de reconocer el momento adecuado para actuar.

Conclusión. Las 64 casillas y el arte de pensar antes de mover

El encuentro intelectual entre El arte de la guerra, de Sun Tzu, y el ajedrez nos permite descubrir que la estrategia constituye un lenguaje común entre disciplinas aparentemente distantes.

Ambos sistemas exigen conocimiento, anticipación, administración de recursos, dominio del espacio y comprensión de las consecuencias de cada decisión.

El ajedrez nos enseña que una pieza no alcanza su verdadero valor por su simple presencia sobre el tablero, sino por la función que desempeña dentro de una estructura coordinada.

Nos muestra que el territorio puede dominarse sin ocuparlo completamente, que una aparente debilidad puede convertirse en una oportunidad y que un sacrificio material puede justificar su existencia cuando produce una compensación estratégica suficiente.

También nos recuerda que el adversario no es un elemento pasivo. Cada movimiento que realizamos modifica sus posibilidades y, simultáneamente, cada decisión suya transforma nuestro propio campo de acción.

Por eso, jugar ajedrez significa aprender a pensar desde dos perspectivas: la propia y la contraria.

Desde una interpretación matemática, las 64 casillas representan un espacio finito sobre el cual se desarrolla una cantidad extraordinariamente amplia de secuencias posibles. Cada movimiento abre determinadas trayectorias y clausura otras.

El tablero, por tanto, no es solamente una superficie de juego: es una estructura geométrica y combinatoria en la que la inteligencia humana intenta anticipar el comportamiento de un sistema dinámico.

Quizá la enseñanza más importante de Sun Tzu para un ajedrecista no sea cómo atacar, cómo defender o cómo sacrificar una pieza.

Sea, más bien, comprender que la victoria comienza mucho antes de que aparezca la combinación decisiva.

Comienza cuando el jugador aprende a observar, interpretar, calcular y reconocer las posibilidades que todavía no se han manifestado.

En última instancia, el ajedrez es una batalla en la que las piezas representan fuerzas, las casillas representan territorio y los movimientos representan decisiones.

Pero detrás de cada movimiento existe algo más importante: una mente que intenta comprender el orden oculto de la posición.

Porque el verdadero estratega no es aquel que mueve más piezas, sino aquel que comprende mejor el significado de cada movimiento.

Y en las 64 casillas, como en la guerra, la victoria comienza en el pensamiento antes de hacerse visible sobre el tablero.

“El verdadero arte de la guerra no consiste en derrotar al adversario, sino en comprender el momento, dominar las circunstancias y reconocer el movimiento que hace inevitable la victoria. Porque quien aprende a pensar antes de combatir, descubre que la batalla más importante no se libra sobre el tablero, sino en la profundidad de la inteligencia.”

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