13.9 C
Mexico City
domingo, noviembre 8, 2026
Publicidad
Portada Noticias En la Opinión de... Cuando el agave llega a la milpa.

Cuando el agave llega a la milpa.

97

Juan Edgardo Pacheco Vega

Doctorante en el programa Doctorado Interinstitucional en Economía Social Solidaria (DIESS)

Universidad Autónoma de Aguascalientes.

México

Si usted viaja por la carretera de Pénjamo a Abasolo, o se desvía hacia los caminos de terracería del suroeste de Guanajuato, verá un paisaje que hace veinte años casi no existía: hileras largas y ordenadas de plantas azul grisáceo, con hojas afiladas que apuntan al cielo.

Es el agave tequilero. Donde antes crecía el maíz en temporal, a veces acompañado de frijol y calabaza, ahora hay plantaciones que tardarán seis o siete años en cosecharse.

El cambio parece pequeño, solo una planta en lugar de otra.

Pero detrás de cada parcela que pasa de la milpa al agave hay decisiones familiares, contratos con empresas, apuestas sobre precios futuros y, sobre todo, una pregunta de fondo: ¿quién gana y quién pierde cuando el campo deja de sembrar comida para sembrar materia prima de una bebida de exportación?

Una cuadrilla llega al amanecer para iniciar la cosecha de agave en un predio del modelo agroindustrial. Pénjamo, Guanajuato, junio de 2025. Foto: Juan Edgardo Pacheco Vega.

Un auge que llegó de golpe

Guanajuato es uno de los pocos estados fuera de Jalisco donde se puede sembrar agave para tequila.

Siete de sus municipios están dentro de la Denominación de Origen Tequila: Abasolo, Cuerámaro, Huánimaro, Manuel Doblado, Pénjamo, Purísima del Rincón y Romita.

Eso significa que el agave que se cultiva ahí puede venderse legalmente a las tequileras.

Durante la última década, esa puerta se abrió de par en par. En 2014 había unas 15,600 hectáreas de agave en el estado.

Para 2021 eran casi 25,000, según el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), y en 2022 el registro de la Secretaría de Medio Ambiente estatal ya hablaba de unas 43,000 (Publimetro, 2022).

La superficie casi se triplicó en ocho años.

¿Por qué tanto entusiasmo?

Porque el tequila vivió un periodo de ventas récord, sobre todo en Estados Unidos, y el agave escaseó.

Su precio subió tanto que una hectárea de agave prometía más dinero que muchas cosechas de maíz juntas.

Las empresas tequileras y los intermediarios empezaron a buscar tierra en el Bajío: rentaban parcelas por seis u ocho años, el tiempo que tarda la planta en madurar (Cobertura 360, 2023).

El problema es que todos tuvieron la misma idea al mismo tiempo.

Hoy sobra agave. En marzo de 2026, el Consejo Regulador del Tequila reportó precios de entre 0.80 y 8 pesos por kilo, una caída de 92% desde 2024, y reconoció que hay al menos tres kilos y medio de agave por cada kilo que la industria demanda (EFE en Swissinfo, 2026).

Muchas plantaciones se están abandonando porque cosecharlas cuesta más de lo que se paga por ellas.

Lo que se va cuando llega el agave

Cada hectárea de agave es una hectárea que durante seis o siete años no produce maíz, frijol ni calabaza.

A eso los especialistas le llaman desplazamiento de cultivos.

No es solo un cambio de planta: es un cambio en lo que la familia come, en cómo trabaja y en quién decide sobre la tierra.

La comida de casa. La milpa no se siembra solo para vender. Una parte del maíz y el frijol se queda en la familia, para las tortillas, el nixtamal y los animales. Cuando la parcela se renta para agave, ese autoconsumo desaparece y la familia tiene que comprar lo que antes producía.

El trabajo. El maíz da trabajo cada temporada: barbechar, sembrar, escardar, cosechar. El agave pide mucha mano de obra al plantarse y al jimarse, pero casi nada en los años de en medio. Y cuando la tierra está rentada, ese trabajo lo hacen cuadrillas de la empresa, no el dueño de la parcela.

El control de la tierra. Rentar por ocho años es, en la práctica, dejar de ser agricultor por ocho años. Según la Confederación Nacional Campesina, muchos productores de Irapuato rentaron porque los fertilizantes y las semillas se volvieron demasiado caros y los apoyos al campo se redujeron. Rentar no fue una elección entre dos buenas opciones: fue la salida a un maíz que ya no alcanzaba.

El monte y el suelo. El auge también empujó el agave hacia terrenos que no eran de cultivo. Se estima que entre 2014 y 2022 se deforestaron más de 3,000 hectáreas en Guanajuato para plantarlo (Cobertura 360, 2022). Y hoy, con los precios en el suelo, las plantaciones abandonadas se vuelven focos de plagas que pueden pasar a los campos vecinos.

Dos maneras de sembrar agave

El agave no es el villano de esta historia. El problema está en cómo se organiza su producción y quién se queda con el valor.

En mi investigación doctoral comparé dos organizaciones agaveras del suroeste de Guanajuato que siembran la misma planta de formas muy distintas.

La primera sigue un modelo agroindustrial. Una empresa renta o contrata tierras, pone el capital, decide qué y cuánto se siembra y vende el agave a la industria.

Para el dueño de la parcela, la relación se reduce a un pago por la renta o por el kilo entregado.

Cuando el precio cae, el riesgo recae sobre el eslabón más débil.

La segunda es una cooperativa solidaria. Ahí los productores siguen siendo dueños de su tierra y de su trabajo, toman decisiones en asamblea y negocian juntos.

Parte del valor que generan se reparte entre los socios y otra parte se reinvierte en la comunidad.

A ese excedente compartido lo llamo prima solidaria: lo que una organización cooperativa logra devolver a sus miembros y a su territorio más allá del simple precio de mercado.

En la cooperativa, el agave convive con otros cultivos: garbanzo sembrado entre los surcos y árboles en las orillas de la parcela. Huanímaro, Guanajuato. Foto: Juan Edgardo Pacheco Vega.

La diferencia se nota sobre todo en las crisis.

Cuando el precio del agave se desploma, una cooperativa tiene más herramientas para resistir: puede acordar un precio de garantía entre sus socios, diversificar cultivos o buscar mercados propios.

Un productor aislado, atado a un contrato de renta, casi no tiene margen.

¿Qué podemos hacer?

No se trata de prohibir el agave ni de volver al pasado.

Se trata de que el campo no apueste todo a una sola carta.

Algunas ideas para cada quien:

  • Productores: antes de rentar por ocho años, preguntarse qué pasará si el precio cae a la mitad. Organizarse con los vecinos da más fuerza para negociar que firmar solo. Y reservar una parte de la parcela para la milpa protege la comida de la casa.
  • Consumidores: preguntar de dónde viene el tequila o el mezcal que compramos. Las marcas que trabajan con cooperativas y pagan precios justos existen, y comprarles es votar por otro modelo.
  • Autoridades: ordenar la siembra para evitar la sobreoferta y la deforestación, apoyar a las cooperativas con crédito y asesoría, y no dejar solo al maíz. Un campo que produce comida también es un asunto de seguridad nacional.

La milpa como memoria y como futuro El paisaje azul de agave que hoy cubre el suroeste de Guanajuato cuenta una historia de oportunidades, pero también de fragilidad.

En pocos años, una planta que prometía riqueza se volvió un riesgo para quienes la sembraron sin red de protección.

La lección no es que el agave sea malo, sino que la economía del campo funciona mejor cuando se comparte: cuando los productores deciden juntos, cuando el valor se queda en el territorio y cuando la tierra sigue dando de comer.

La milpa no es solo un cultivo del pasado.

Es una forma de asegurar el futuro

Fuentes


• Siembran de forma irregular agave para tequila en zonas sin denominación en Guanajuato — Publimetro, 25 sep. 2022
• Los campesinos en Irapuato prefieren sembrar agave que maíz — Cobertura 360, 11 ene. 2023
• Guanajuato padece la deforestación de 3 mil 152 hectáreas por el cultivo de agave — Cobertura 360, 28 jul. 2022
• Caída de precios de agave deja campos abandonados y plagas en México — EFE en Swissinfo, 25 jul. 2026

Publicidad