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jueves, agosto 27, 2026
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Cuento ajedrecístico: El gambito del minuto eterno.

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“Cuando el tiempo se detiene para pensar, incluso un año descubre que perder es la única forma honesta de continuar”.

A las 23:59 del 31 de diciembre, cuando el mundo contenía el aliento y las campanas aún no sabían si debían nacer o morir, el Año Viejo se sentó frente a un tablero de ajedrez. No era un tablero común: las casillas respiraban, el blanco y el negro se curvaban como si obedecieran a una geometría secreta, y las piezas proyectaban sombras hacia atrás, hacia adelante, hacia lugares donde el tiempo no tenía nombre.

Frente a él, de pie aún —porque todavía no había aprendido a sentarse—, estaba el Año Nuevo. Traía en los ojos una luz intacta y en las manos un reloj sin manecillas. No conocía la prisa ni el arrepentimiento. Solo sabía avanzar.

—Te reto —dijo el Año Viejo, con voz gastada pero firme—. Una partida. Si gano, me quedo. Me falta tiempo para terminar lo que dejé a medias: promesas, libros, perdones. Si pierdo… me iré como siempre.

El Año Nuevo aceptó sin sorpresa. En la cuarta dimensión, donde el espacio y el tiempo se trenzan como alfiles en diagonal, las reglas son claras: todo reto es también un nacimiento.

El reloj marcaba 23:59, pero no avanzaba. O mejor dicho, avanzaba hacia adentro. Bajo una condición relativista —esa cortesía que el universo concede a los instantes decisivos— el minuto se estiró como una cuerda cósmica. Afuera, nosotros brindábamos, reíamos, contábamos doce uvas. Adentro, el tiempo se había vuelto ancho.

El Año Viejo abrió con un peón de rey. No por ambición, sino por costumbre. Sus manos conocían la memoria del tablero: cada jugada era un recuerdo. El Año Nuevo respondió con simetría, no por imitación, sino porque la simetría es la forma más pura de lo que empieza.

Las piezas se movían y, con ellas, escenas enteras del año que moría: un caballo saltaba y era un viaje no hecho; una torre avanzaba y era una llamada que nunca se devolvió; un alfil cortaba la diagonal y era una verdad dicha tarde. El Año Viejo jugaba con cálculo y nostalgia. El Año Nuevo, con intuición y paciencia.

—No es justo —murmuró el Año Viejo—. Tú no cargas errores.

—Tampoco cargas tú el futuro —respondió el Año Nuevo—. Estamos a mano.

La partida entró en el medio juego cuando el mundo exterior gritó “¡Feliz Año!” sin saber que el grito rebotaba en una curvatura del tiempo. En la cuarta dimensión, el eco tardó siglos en apagarse.

El Año Viejo sacrificó una pieza. Un sacrificio hermoso, casi ético. Era la renuncia a una excusa, a un “después”.

El tablero se tensó. El Año Nuevo aceptó el sacrificio y, al hacerlo, abrió una línea invisible: el porvenir.

Las jugadas finales fueron silenciosas. No hubo jaques espectaculares, solo precisión. El Año Viejo defendió con dignidad, estirando el minuto como quien estira una despedida. El Año Nuevo no apuró: sabía que ganar no es correr, sino llegar.

Entonces ocurrió lo inevitable y, sin embargo, lo amable: jaque mate.

No fue una derrota humillante. Fue una conclusión. El Año Viejo miró el tablero y entendió algo que siempre supo y siempre olvidó: no se termina lo pendiente quedándose, sino yéndose. Las tareas incompletas no piden tiempo; piden continuidad.

Se levantó. El reloj sin manecillas comenzó a latir. El minuto, al fin, se cerró.

—Cuida lo que te dejo —dijo el Año Viejo.

—Hazme el favor de irte —respondió el Año Nuevo—. Para que yo pueda empezar.

Y así fue. Afuera, nadie notó nada extraño. Adentro, en la cuarta dimensión, el tablero quedó vacío, pero no abandonado.

Porque cada año es una partida que continúa, y cada jugada, aunque no la veamos, ocurre siempre en el exacto lugar donde el tiempo aprende a pensar.

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