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martes, agosto 25, 2026
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Cuento navideño ajedrecístico: “La Reunión Secreta del Tablero”

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“Las piezas del tablero nos enseñan que, más allá de la partida, la verdadera victoria está en la unidad.”

Era una fría noche de diciembre en el reino del tablero. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, y la luna iluminaba tenuemente los bordes de un tablero de ajedrez, ya preparado para el juego. Sin embargo, esa noche no había ningún jugador en el horizonte, solo el murmullo de un consejo secreto entre las piezas.

Las torres, robustas y fieles, ocupaban los rincones del tablero, mientras que los alfiles, siempre con una mirada profunda, se habían reunido cerca del centro. Las reinas, poderosas y sabias, intercambiaban palabras con los caballos, cuyas mentes siempre iban en zig-zag, nunca rectas, pero siempre claras en su propósito. Los peones, aunque menos elegantes, eran los que en verdad dirigían la conversación.

“¿Por qué no nos reunimos de una vez por todas?” dijo uno de los peones, pequeño pero con una voz clara como el cristal. “Nos pasamos la vida corriendo hacia el frente, sacrificándonos en el camino, pero nunca nos preguntamos cómo se siente el otro lado del tablero.”

Las piezas guardaron silencio por un momento, como si la idea les sorprendiera. La reina, que siempre había estado a cargo, miró a su alrededor. Su corona brillaba tenuemente, pero era su rostro el que reflejaba algo inédito: una mezcla de serenidad y preocupación.

“¿Qué propones, peón?” preguntó con suavidad.

El peón, que nunca había estado en una conversación de tal calibre, respiró hondo y continuó: “Nos tratamos como si fuéramos opuestos. Unos negros, otros blancos. Pero al final, todos vamos a la misma caja. ¿Por qué no pensar en esto como una reunión, no como una batalla?”

Las piezas se miraron unas a otras, procesando las palabras del pequeño peón. Los caballos, que siempre se movían con una gran sonrisa traviesa, comenzaron a reír, pero no con burla, sino con comprensión. Las torres asintieron, aunque su orgullo no les permitía admitirlo completamente. Incluso los alfiles, siempre tan introspectivos, comprendieron la verdad detrás de las palabras.

Fotografía personal proporcionada por el autor del artículo.

“Es cierto,” dijo uno de los alfiles, “no importa si somos blancos o negros. En la última jugada, todos estamos destinados a regresar al mismo lugar: la caja del ajedrez. Somos piezas, no rivales.”

La reina miró a su alrededor, viendo a cada pieza, desde el más humilde peón hasta la torre más majestuosa, y asintió. “El ajedrez nos divide, pero solo mientras estamos en el tablero. Al final, todos volvemos al mismo sitio. Y es aquí, en este consejo, donde somos iguales.”

Entonces, las piezas se levantaron. El peón, el más pequeño, encabezó el consejo, seguido por los caballos, las torres, los alfiles y, finalmente, las reinas. El consejo no tuvo reglas, ni colores, ni jerarquías. Cada pieza, independientemente de su valor en el juego, compartió pensamientos y emociones.

La luna brillaba más intensamente sobre el tablero. Aunque en el exterior el frío de la Navidad envolvía la ciudad, dentro del tablero, una calidez especial llenaba el aire. Las piezas sabían que, al final, independientemente de su rol en la partida, todas compartirían el mismo destino.

Y así, aquella noche de Navidad, el ajedrez fue algo más que un juego. Fue una reunión de iguales, un recordatorio de que, más allá de las diferencias y las batallas, todos tenemos un destino común.

Cuando el amanecer comenzó a asomarse, las piezas volvieron a su lugar. La caja del ajedrez las esperaba, y, con una última mirada de complicidad, volvieron a ser lo que siempre fueron: simplemente piezas. Pero esta vez, con la certeza de que el valor de un ser no se mide por su posición, sino por la unidad que puede generar.

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