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jueves, agosto 6, 2026
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Cuento Zen Ajedrecista: “El Juego de lo que Queda”

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“La verdadera fuerza no reside en lo que se tiene, sino en cómo se juega con lo que queda.”

Hoy se disputó la partida número catorce del Campeonato Mundial de Ajedrez en Singapur, entre el Gran Maestro Ding Liren de China y el Gran Maestro Gukesh Dommaraju de la India. En esta serie de duelos, el joven prodigio hindú, de tan solo 18 años, se defendió con notable habilidad ante las brillantes jugadas del experimentado maestro chino, de 32 años. Sin embargo, fue la última partida la que resultó verdaderamente fascinante, un enfrentamiento lleno de estrategias y movimientos que no solo deslumbraron a los espectadores, sino que también inspiraron este cuento zen ajedrecista.

Los invito a buscar el video de este encuentro, pues en él encontrarán la esencia y la idea que nutren las lecciones de este relato. Espero que disfruten de la lectura y que les sea tan enriquecedora como lo fue para mí.

Saludos cordiales.

” Lo que queda”

Era un día común en la escuela Zen de Ajedrez. El maestro, un hombre de rostro sereno y mirada profunda, observaba a sus estudiantes sentados en círculo alrededor de un tablero de ajedrez. El ambiente era tranquilo, casi hipnótico, como si cada movimiento de las piezas fuera una meditación en sí misma. Sin embargo, hoy, el maestro tenía una lección diferente en mente.

“Hoy, elegirán una pieza de este tablero que consideren de fuerza ”, dijo el maestro, sin apartar la vista del tablero frente a él. Los estudiantes se miraron entre sí, dudosos de cuál pieza podrían elegir. Algunos pensaron en la torre, otros en la dama, pero al final, el maestro continuó con su instrucción.

“Dejen que su intuición los guíe”, les dijo, mientras sus ojos brillaban con sabiduría. “Elija una pieza que consideren adecuada, ni demasiado fuerte ni demasiado débil”.

Tras unos momentos de reflexión, dos estudiantes levantaron la mano al mismo tiempo. El primero, un joven serio y meticuloso, eligió el caballo negro que se encontraba en la casilla que quedaba frente a la dama. El segundo, un alumno más relajado y confiado, seleccionó el alfil blanco del lado del rey. Ambos, con una ligera sonrisa, pensaron que su elección era lo suficientemente buena para ganar.

El maestro los miró fijamente. “Ahora, entreguen esas piezas”, les pidió.

Los dos estudiantes, sorprendidos, hicieron lo que les indicaba. En ese momento, el maestro se levantó de su asiento y miró el tablero vacío de las piezas que habían sido retiradas. “Quiero que jueguen con lo que queda”, dijo con voz suave pero firme. “Comiencen. La lección de hoy es más que una partida de ajedrez. Es una lección sobre la vida.”

Los estudiantes se miraron nuevamente, confundidos, pero aceptaron el desafío. Aunque el tablero ahora parecía desequilibrado, con solo algunas piezas restantes, comenzaron a jugar.

Uno de ellos, el que había elegido el caballo negro, dijo en voz baja: “Nos ha quitado una pieza. ¿Por qué lo ha hecho?”

El maestro, desde su lugar, contestó con serenidad: “Aprende a resolver el reto con lo que tienes. El ajedrez, como la vida, no siempre te ofrece lo que deseas. A veces, debes encontrar la fuerza en lo que te queda, y saber cómo contener la fuerza del contrario. Puedes sostener la defensa, y luego, cuando llegue el momento, someter a tu oponente. Esa es la lección más importante de hoy.”

El joven se quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras del maestro, mientras el sonido de las piezas moviéndose comenzaba a llenar la habitación. El caballo negro saltaba por el tablero, mientras el alfil blanco se deslizaba en diagonal, siempre buscando crear nuevas oportunidades. Ambos jugadores, a pesar de la desventaja inicial, no dejaron de luchar.

La partida transcurrió con una apertura interesante, cada jugador buscando respuestas a las jugadas del otro, sin rendirse nunca. El caballo saltaba ágil, evitando las amenazas y buscando posiciones inesperadas. El alfil, por su parte, desbordaba el tablero con su aguda visión diagonal, controlando casillas claves y presionando con sutileza.

Pasaron los minutos, y las piezas comenzaron a quedar dispersas, pero sin que ninguno de los dos jugadores pudiera hacer un movimiento decisivo. La tensión crecía, pero también lo hacía la comprensión interna de cada uno. Ambos comenzaron a entender que, sin las piezas poderosas, cada movimiento tenía un peso más profundo, más significativo. No había espacio para la arrogancia ni para el error.

Finalmente, después de una serie de jugadas brillantes pero cautelosas, el tablero se redujo a una posición de tablas. Ninguno de los dos podía avanzar sin arriesgar demasiado, y la partida terminó en empate.

El maestro sonrió suavemente al ver el resultado. “Han comprendido lo que necesitaban aprender”, dijo, mientras se acercaba al tablero. “No es la fuerza de las piezas lo que determina el juego, sino la sabiduría con la que las usas. En la vida, como en el ajedrez, es posible enfrentar las adversidades y encontrar el equilibrio, incluso cuando las circunstancias no son las ideales. El verdadero triunfo está en la capacidad de adaptarse y, al final, encontrar la paz.”

El joven que había cuestionado al maestro, ahora comprendía la profundidad de sus palabras. Ya no se sentía limitado por la pieza que le habían quitado. En cambio, entendió que con lo que tenía, podía crear un camino hacia la victoria, incluso si esa victoria no siempre era un triunfo tradicional.

El maestro, observando la serenidad que comenzaba a nacer en sus estudiantes, concluyó: “El ajedrez es solo una forma de ver el mundo. La lección es más grande que el juego. Lo que importa es cómo juegas con lo que te ha tocado.”

Y así, con una sonrisa de satisfacción, el maestro dejó que el eco de sus palabras se desvaneciera en la tranquilidad de la sala, mientras los estudiantes reflexionaban en silencio sobre la verdadera naturaleza del desafío.

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