“Hay maestros que no enseñan en aulas, sino en banquetas; y su sabiduría se mide no en victorias, sino en las huellas que dejan en los demás.“
Amanece un domingo.
El bullicio comienza a filtrarse por las calles, las campanas de la iglesia cercana rompen el último silencio de la madrugada y anuncian, solemnes, el nacimiento de un nuevo día. El sol asoma su rostro tibio entre los tejados, mientras los pájaros afinan su acostumbrado concierto.
Me levanto con calma. Camino hacia la cocina, preparo el café y abro la puerta del balcón. Desde mi rincón favorito observo cómo el mundo despierta. El aroma del café se mezcla con el aire fresco de la mañana y, desde esa altura, todo parece un gran laboratorio social.
Veo a la gente pasar, cada quien rumbo a su destino: los que montan sus puestos, los que llegan en bicicleta o en moto, los que cargan lonas de colores. Poco a poco, el jardín se transforma en un mosaico de vida. La panadería cercana completa la sinfonía con su olor a pan recién hecho, irresistible compañero del primer café del día.
Pero ese domingo, algo distinto ocurre.
En una esquina, apartado del bullicio, se instala un nuevo personaje. No trae mesas ni mercancías, solo un mantel cuadriculado en verde y blanco. De una bolsa saca, una a una, las piezas de un ajedrez antiguo, gastado por el tiempo y remendado con pegamento. Cada pieza parece contar su propia historia.
El hombre —de cabello largo, gorra, jeans y camisa desgastada— acomoda con cuidado su ejército. Se sienta en la banqueta, mira a los transeúntes y pronuncia una sola palabra:
—¿Juegas?
Nadie responde.
Desde mi balcón observo la escena.
Termino el café, me cambio: sandalias, bermudas y mi camiseta de los Patriotas de Nueva Inglaterra. Es domingo de NFL, mi segunda pasión. La primera, sin embargo, es el ajedrez.
Así que bajo, compro dos panes y dos cafés, y camino hacia el anciano.
—Buenos días —le digo, tendiéndole un vaso—. ¿En cuánto me vende su ajedrez?
El hombre toma un sorbo y sonríe con cierta tristeza.
—Si te lo vendo… ¿cómo me ganaré la vida?
No entiendo del todo su respuesta, así que le pido que me lo explique. Entre bocado y bocado de pan, me cuenta que recorre los tianguis retando a los curiosos a una partida: diez pesos si logran vencerlo.
—¿Quieres jugar? —me pregunta.
—Soy muy malo para esto —respondo.
Él sonríe, con picardía.
—Eso dicen los buenos jugadores.
Y así, sin más, empieza la partida.
El anciano cambia. Su mirada se afila, su respiración se aquieta. Se vuelve uno con las piezas. Su universo se reduce al tablero. No juega por ganar, sino por vivir en cada movimiento. Y aunque pierdo las tres primeras partidas —treinta pesos bien invertidos—, no me siento derrotado. Aprendo más de sus silencios que de sus jugadas.
—¿Por qué pierde a propósito? —le pregunto.
—Porque enseño —responde—. El que solo juega para ganar, no aprende.
Ríe. Me reta de nuevo.
—Apostemos algo más interesante: una torta y un refresco.
—Hecho —le digo—. Pero propongo una regla: sin damas.
Frunce el ceño, divertido.
—Acepto. Pero dime, ¿qué estudias?
—Matemáticas —respondo—. Sigo la obra de un Doctor en Matemáticas, llamado Francisco Bulnes al que admiro mucho. A veces dejo el ajedrez por leer sus investigaciones.
—Entonces juguemos —dice, colocándose la gorra—. Que hablen las piezas.

Jugamos. Su entusiasmo contagia. Celebra mis errores con gritos de alegría, se lamenta cuando pierde una pieza, y la gente empieza a rodearnos, formando un círculo expectante. Cada movimiento se vuelve un diálogo entre dos mundos: el cálculo y la intuición.
Al final, el tablero se vacía.
Yo con mi rey, un caballo y un peón; él con su rey, un alfil y otro peón.
—No hay tablas —declara—. Ganar o perder.
—Como en la vida —respondo.
El tiempo se diluye. Dos horas después, solo quedan los reyes persiguiéndose en un baile eterno.
—Tablas —dice finalmente.
—Tablas —respondo, sonriendo.
El público se dispersa. Él recoge con cuidado sus piezas, como si guardara un tesoro.
—Hice tablas con un matemático —murmura.
—¿Molesto? —pregunta.
—Para nada —le digo—. Fue un honor.
—Gracias por el café y el pan.
—Gracias por la lección.
Nos despedimos. Cada uno toma su rumbo. Yo, rumbo a casa; él, rumbo al siguiente tianguis, a su próxima partida, a su manera de ganarse la vida.
Desde el balcón, más tarde, lo veo alejarse con su tablero bajo el brazo.
Pienso en lo que representa: un hombre que resiste al olvido, que se niega a desaparecer en un mundo donde ya nadie se mira a los ojos, donde las pantallas reemplazaron las partidas, y los domingos se viven sin pausa ni conversación.
El anciano no solo jugaba ajedrez.
Jugaba contra el tiempo.
Y ese domingo, aunque ninguno ganó, los dos hicimos jaque al olvido.
“Porque en el ajedrez, como en la vida, no se trata de mover piezas, sino de comprender el propósito detrás de cada movimiento; y quien aprende eso, descubre que las verdaderas victorias no se ganan, se comparten”.
















