El hombre feliz

Apunte diario sobre letras HIPNÓTICAS

16 de mayo de 2024

Por Arturo Vásquez Urdiales

“El Imperio, el Zar, las cadenas y el hombre feliz”

De niño asistí a un colegio de monjas

Las bondadosas misioneras encontraron a un pedazo de diablo en un sillin escolapio. Doctrino aprendí el silabario del Padre Ripalda y el manual de buenas costumbres de Carreño.

Debo de admirar a mis afanadas monjitas, la Madre Chilo cotidianamente me amarró a la silla, los derechos humanos de los niños eran otros, con todo y penitencia y silla me escabullía a la cocina del convento en donde esperaba la bondad del rescate y el seguro castigo materno.

La Madre Ruth (epd) nos contaba y leía cuentos, estoy seguro que uno de ellos era del extraordinario León Tolstoi, de alguna manera padre intelectual de la madre Rusia.

No he encontrado ese cuento, tan humano, pero estoy seguro que era más o menos así, hago uso de la memoria:

El Zar y el hombre feliz.

En los confines de un vasto imperio, donde las torres se alzaban como testigos de la grandeza de los tiempos pasados, vivía el zar más magnífico que la historia había conocido: Nicolás, descendiente directo del Gran Zar Pedro, portador de un linaje marcado por la gloria y el poderío. Pero la grandeza del imperio no era sino un velo tras el cual se ocultaban los suspiros perdidos del zar, cuyo corazón yacía aprisionado por la tristeza.

Los días transcurrían como las hojas arrastradas por el viento, y con ellos, la salud del zar menguaba ante el peso de la melancolía que lo consumía. Había perdido a su amada zarina y a sus seres más queridos, mientras la codicia de sus descendientes amenazaba con desgarrar el tejido del imperio que él tanto había labrado.

Los médicos más afamados de Europa, los hechiceros más sabios del oriente, todos acudían ante él en vano, incapaces de devolverle la alegría que había abandonado su corazón.

Fue entonces que, como un eco lejano, llegó la voz de un anciano maestro rural que habitaba en los recónditos bosques del imperio.

Hablaba de un hombre feliz, un leñador llamado Igor, cuya simpleza y conexión con la naturaleza lo habían mantenido ajeno al peso de la tristeza que embargaba al zar.

Con esperanza renovada, los mensajeros fueron enviados en busca del hombre feliz.

Días se convirtieron en semanas, semanas en meses, y aún así, Igor permanecía esquivo, perdido en los laberintos de la vasta madre Rusia.

Hasta que finalmente, como un destello en la oscuridad, fue hallado y llevado ante el zar, atado, encadenado, porque se negaba a dejar sus bosques eternos.

Pero la alegría del reencuentro se vio empañada por la amarga verdad que Igor reveló: la felicidad lo había abandonado en el momento en que las cadenas del imperio lo aprisionaron.

La camisa que el zar tanto ansiaba poseer como símbolo de felicidad, era un tesoro perdido en los bosques, junto con la libertad que una vez disfrutó.

Había otra realidad más aplastante:

El hombre feliz no tenía camisa.

El zar comprendió entonces la tragedia de su propia existencia, la grandeza del imperio no podía llenar el vacío dejado por la pérdida de la verdadera felicidad.

Y aunque los tesoros y riquezas abrumaban su corte, solo existía un hombre feliz en todo el imperio, cuya pobreza no residía en la falta de posesiones, sino en la ausencia de cadenas que aprisionaran su espíritu.

Y es que el espíritu humano no lo pueden contener unas cadenas.

Así, el cuento de Nicolás, el zar melancólico, y de Igor, el hombre feliz sin camisa, quedó grabado en las páginas de la historia como un recordatorio de que la verdadera riqueza reside en la libertad del alma, y que ningún imperio, por más grande que sea, puede aprisionar el susurro de la felicidad que habita en lo más profundo de los bosques del corazón humano.

Con cariño: Arturo.

Victor: aquí están estas “Letras Hipnóticas”: en ocasiones la madre creatividad, bisnieta de la Hada inspiración, está libando del extraordinario nectar del polvo de las estrellas del otro lado de esta dimensión, en dónde existe un gran lago en donde viven todas las historias, leyendas, novelas e ideas del imperio humano, difíciles de pescar con un sencillo y primitivo anzuelo provinciano, al que le falla la punteria. 😀

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Urdiales Zuazubiskar fundación de Letras hipnóticas A.C.
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