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viernes, agosto 7, 2026
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Jaque bajo el árbol: la partida de Santa antes del amanecer.

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La partida antes del amanecer

La casa dormía con ese silencio especial que solo existe después de la Navidad. Los envoltorios arrugados descansaban bajo el árbol, las luces seguían encendidas como estrellas cansadas y el reloj del pasillo marcaba un tiempo lento, casi suspendido. Faltaba poco para la medianoche cuando Mateo, incapaz de dormir, salió de su habitación con su tablero de ajedrez bajo el brazo.

Era su regalo favorito. No uno cualquiera, sino uno de madera clara y oscura, con piezas pesadas, bien equilibradas, que parecían guardar historias antiguas. Mateo colocó el tablero sobre la mesa del comedor y comenzó a ordenar las piezas, como quien realiza un ritual. Había aprendido ajedrez con su abuelo, y desde entonces creía que cada partida era una conversación silenciosa con el tiempo.

Fue entonces cuando escuchó un leve crujido cerca del árbol.

Mateo levantó la vista y lo vio.

Santa Claus estaba allí, inclinado frente a los regalos, con el saco abierto y una expresión de concentración absoluta. No parecía apresurado ni torpe, sino meticuloso, como si cada movimiento estuviera calculado con precisión. Al escuchar el sonido de una pieza golpeando suavemente el tablero, Santa giró la cabeza.

Sus miradas se cruzaron.

—Vaya —dijo Santa, acomodándose la barba—. Pensé que todos dormían.

Mateo no gritó. No corrió. Solo sonrió con una seguridad inesperada para un niño de su edad.

—Si grito, mis hermanos se despiertan —respondió—. Y si se despiertan, se acaba la magia.

Santa asintió lentamente.

—Eso sería… un jaque mate para mí.

Mateo señaló el tablero.

—Pero puedo no decir nada —continuó—, si juegas una partida conmigo.

Santa miró el ajedrez, luego al reloj. La medianoche acababa de pasar; el mundo dormía, pero el alba aún estaba lejos.

—Una sola partida —aceptó—. Antes del amanecer.

Se sentaron frente a frente. Santa tomó las piezas negras; Mateo, las blancas. El niño abrió con un peón rey, decidido. Santa respondió con calma, como si conociera esa apertura desde hacía siglos. No había prisa. Cada jugada resonaba en el silencio de la casa como un pensamiento profundo.

Mateo atacaba con imaginación; Santa defendía con paciencia. El tablero se llenó de tensiones invisibles: sacrificios sutiles, diagonales abiertas, caballos que parecían saltar entre mundos. En un momento, Mateo creyó tener ventaja; en otro, fue Santa quien sonrió, como si hubiera visto el final desde el inicio.

—¿Sabes? —dijo Santa mientras movía su alfil—. He jugado ajedrez en muchos lugares y épocas.

—¿Y siempre ganas? —preguntó Mateo.

—No —respondió Santa—. A veces, aprender es mejor que ganar.

La partida avanzó hasta que el cielo comenzó a aclararse levemente. Un rayo pálido entró por la ventana justo cuando Mateo, tras una larga pausa, movió su dama con cuidado. Santa observó el tablero, ajustó su gorro y soltó una risa suave.

—Bien jugado —dijo finalmente—. Tablas.

Mateo parpadeó.

—¿Eso significa que nadie pierde?

—Significa que ambos ganamos algo —respondió Santa, levantándose—. Tú, una noche que recordarás siempre. Yo, la certeza de que el ajedrez sigue vivo.

Santa tomó su saco, se dirigió al árbol y, antes de irse, dejó una pieza junto al tablero: un pequeño rey de madera, tallado con gran detalle.

—Para que recuerdes —dijo— que incluso los secretos más grandes pueden resolverse con inteligencia y silencio.

Cuando el sol terminó de asomarse, Santa ya no estaba. Mateo regresó a su habitación sin decir palabra. Nunca lo delató. Pero cada vez que juega ajedrez, justo antes del amanecer, mira ese rey de madera y sonríe, sabiendo que una vez, en la noche más tranquila del año, logró hacer tablas con la Navidad misma.

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