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domingo, agosto 23, 2026
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La partida que no admite jaque mate.

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“Cuando el tablero es el mundo y el rival es el Destino, educar no es ganar la partida: es lograr que el juego continúe.”

Preámbulo

Veintiún años: la edad simbólica de la juventud, cuando el tiempo ya ha enseñado lo suficiente como para mirar atrás con memoria, y aún conserva la energía necesaria para seguir avanzando. Es fácil escribir la cifra; lo difícil es recordar cómo comenzó todo: las primeras ideas, las horas silenciosas de trabajo, los días que se acumulan en meses, y los meses que, sin darse cuenta, se transforman en años de constancia.

Este proyecto educativo no nació como un pasatiempo de fin de semana, sino como un compromiso profundo: pensar, planear, equivocarse, corregir y volver a empezar. Un proyecto que entendió desde el inicio que lo universal solo puede construirse desde lo local, y que para llegar lejos es necesario, primero, enraizarse.

Con el tiempo, quienes conocieron el camino se fueron sumando: unos aportaron ideas, otros apoyo, otros entusiasmo y experiencia. Así, lo que comenzó como una iniciativa personal se transformó en un proyecto colaborativo y transversal, donde el ajedrez dialoga con múltiples disciplinas, abre nuevas aristas de estudio, invita a reflexionar, a divulgar y, sobre todo, a compartir.

Hoy celebramos 21 años de una obra viva. Aplaudimos el esfuerzo sostenido de la Red Internacional de Ajedrez y Educación (ajEdu), del Dr. Joaquín Fernández Amigo y de cada integrante de esta red que, como una célula consciente, vive y siente, se mueve y crece. Que este aniversario no sea un punto de llegada, sino una nueva apertura en la partida. Muchas felicidades, y que vengan muchos éxitos más.

Cuento ajedrecístico: Veintiuna jugadas sobre el tablero: la partida que continúa

El Dr. Joaquín Fernández Amigo siempre supo que el ajedrez no se jugaba únicamente sobre un tablero.

Aquella certeza lo acompañó desde la primera jugada, cuando el reloj marcó el inicio de la partida en Barcelona, ciudad-apertura, casilla inicial donde el mundo parecía ordenado y las piezas obedecían aún a una lógica amable.

El adversario no se presentó con nombre propio. Se sentó en silencio, del otro lado, con una sonrisa antigua y una paciencia infinita. Joaquín lo llamó Destino, porque no encontró palabra más exacta para quien mueve sin avisar y nunca pide permiso.

Veintiún movimientos (anunció el árbitro invisible). Cada uno, un año.

La segunda jugada abrió diagonales inesperadas: aulas improvisadas, proyectos educativos que nacían como peones valientes, avanzando de uno en uno, sabiendo que quizá no regresarían. El tablero comenzó a ensancharse. Ya no cabía en la mesa: Europa fue una fila, África un flanco ardiente, América una columna larga y desafiante. Asia apareció como un enroque lejano, lleno de silencios estratégicos.

En cada movimiento, el Destino respondía con precisión quirúrgica: recortes, dudas, fronteras, enfermedades, cansancio. Sus piezas no buscaban el jaque mate, sino el desgaste. Un alfil se cruzaba justo cuando el proyecto parecía madurar; una torre cerraba caminos cuando el entusiasmo crecía. No atacaba al rey, atacaba el tiempo.

Pero Joaquín jugaba otra partida. Para él, cada pieza representaba a alguien: un alumno que aprende a pensar, una maestra que resiste, un niño que descubre que la lógica también puede ser compasión. Sus caballos no saltaban por capricho, sino para abrir espacios donde antes solo había muro.

Con los años, la partida media se volvió planetaria. El tablero era ya la Tierra entera girando bajo una luz frágil.

Las casillas cambiaban de color con las estaciones, y el reloj no marcaba segundos, sino biografías. Hubo sacrificios inevitables: piezas queridas que cayeron para que la idea siguiera viva. Joaquín los aceptó con la serenidad del ajedrecista que entiende que perder material no siempre es perder sentido.

El movimiento veintiuno llegó un 14 de febrero. No hubo aplausos ni testigos visibles. Solo el silencio denso de las partidas importantes. Joaquín avanzó su pieza con mano firme, sabiendo que no era un final, sino una revelación.

El Destino se detuvo por primera vez. No había jaque mate, pero tampoco rendición.

Ambos comprendieron entonces la verdad del juego: aquella no era una partida para ganar o perder, sino para continuar.

El Dr. Joaquín Fernández Amigo se levantó de la mesa. El tablero siguió ahí, expandido sobre el planeta, esperando nuevas manos, nuevas mentes, nuevas jugadas. Porque en el ajedrez de la educación (como en la vida) el verdadero triunfo no es vencer al Destino, sino obligarlo a seguir jugando.

“Veintiún años no bastaron para dar jaque mate, porque la verdadera pedagogía (como el buen ajedrez) no busca derrotar al Destino, sino enseñar a cada generación a pensar su próxima jugada con libertad, paciencia y sentido.”

Frases de algunos integrantes de la Red Internacional de Ajedrez y Educación (ajEdu)

“Celebrar 21 años de ajEdu es reconocer una trayectoria de solidez, visión y transformación constante; la mayoría de edad de un proyecto que ha sabido ser faro y plataforma”. Mailicec Sánchez

“AjEdu es una red internacional y línea investigativa del grupo DIM de la Universidad Autónoma de Barcelona, que estudia ajedrez pedagógico y, coordinada por Joaquín Fernández Amigo, integra expertos, impulsa investigación rigurosa y promueve innovación educativa mediante el juego formativo”.

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