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jueves, agosto 6, 2026
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40 años del 19 de septiembre de 1985: Lecciones de unidad, solidaridad y vida.

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“La fuerza de un pueblo no reside en su capacidad para resistir, sino en su voluntad para unirse y reconstruir, como lo hizo México después del terremoto de 1985.”

El 19 de septiembre de 1985 es una fecha que sigue marcando la memoria colectiva de los mexicanos.

No solo por la magnitud del sismo que devastó la Ciudad de México, sino también por la respuesta única, solidaria y desinteresada de la sociedad ante la tragedia. Hoy, 40 años después, es imposible mirar atrás sin reconocer tanto los logros alcanzados, en lo personal, como equipo de trabajo, como mexicanos, los cuales no deben ser olvidados con el paso del tiempo.

El terremoto de 8.1 grados Richter sacudió al país a las 7:19 de la mañana, alterando por completo la vida cotidiana de millones de personas. Durante horas, la incertidumbre y el caos dominaron las calles, pero lo que comenzó como un momento de desesperación se transformó rápidamente en un fenómeno social que evidenció la grandeza del espíritu mexicano. En aquel entonces, no hubo divisiones partidistas, ni diferencias ideológicas ni religiosas; el único color que prevaleció fue el de la unidad y la solidaridad.

La organización empírica: un ejemplo de resiliencia social

La respuesta inmediata de la sociedad fue, en muchos sentidos, un ejercicio de organización empírica.

A falta de protocolos claros y de una estructura institucional efectiva en las primeras horas del desastre, fueron los ciudadanos quienes, de manera espontánea, se lanzaron a las calles a rescatar a los atrapados, a brindar auxilio a los heridos y a organizarse para asegurar que la ayuda llegara a quienes más lo necesitaban.

Las herramientas que utilizaron no eran las más adecuadas ni las más sofisticadas; muchas veces, las piedras se levantaban con las manos y las palas improvisadas eran traídas de las casas. Sin embargo, lo que destacaba no era tanto la habilidad técnica, sino la “ganas”; ese término tan latino que, en el caso de México, simboliza la capacidad de sacrificio, la dedicación y la voluntad inquebrantable para hacer frente a cualquier adversidad.

La solidaridad se manifestó de manera casi orgánica. Mientras los voluntarios trabajaban sin descanso, otros, como los vendedores ambulantes y los vecinos, se encargaron de ofrecer comida, agua y refugio para quienes arriesgaban sus vidas. El arroz con leche, las tortas, los tacos y el agua se convirtieron en símbolos de la generosidad popular, en una muestra palpable de que, cuando se trata de la vida humana, no hay espacio para los egoísmos ni para las divisiones.

16 bebés rescatados: testimonio de vida y de la voluntad colectiva

Entre los miles de momentos heroicos que tuvieron lugar en esos días, uno de los más conmovedores fue el rescate de 16 bebés, quienes, hoy, estarán celebrando su 40º cumpleaños. Estos 16 mexicanos son testimonio vivo de la organización, la resiliencia y la voluntad de todos aquellos que participaron en las labores de rescate.

Su supervivencia, bajo las ruinas de lo que alguna vez fue el hogar de sus familias, no solo es un milagro, sino también una prueba irrefutable de la capacidad del ser humano para enfrentarse al dolor y la desesperación con esperanza y determinación.

Esos pequeños, que en ese entonces eran apenas unos días, o semanas, de vida, hoy tienen sus propias historias personales. Viven entre nosotros como parte fundamental de la sociedad mexicana. Representan a una generación que creció bajo el signo de la reconstrucción, de la resiliencia colectiva y de la solidaridad, y son, sin duda, un recordatorio constante de lo que fue posible cuando una nación se unió por un bien común.

El rescate de estos 16 bebés simboliza, además, la victoria de la vida sobre la tragedia, y su presencia entre nosotros es un homenaje a todos los que arriesgaron sus vidas para salvar a otros. Sin embargo, también es una invitación a reflexionar sobre cómo cada uno de estos jóvenes representa una historia que, aunque llena de esperanza, no debe nunca olvidarse. Son los verdaderos herederos de esa jornada heroica, y la memoria de su rescate debe inspirarnos a seguir trabajando juntos en un México más seguro, más justo y más solidario.

La intervención de las autoridades: el orden en medio del caos

A medida que avanzaba el tiempo y la magnitud del desastre se hacía más evidente, las autoridades comenzaron a intervenir. La respuesta del gobierno se dió en su momento, pero con el apoyo de los organismos internacionales y la activación de los planes de emergencia, se logró organizar un operativo de rescate que, aunque insuficiente en muchos aspectos, permitió salvar muchas vidas. Sin embargo, uno de los principales problemas de esa respuesta fue la falta de preparación previa ante un desastre de esta magnitud. La infraestructura y los protocolos de respuesta se fueron ajustando a la necesidades inmediatas, debido a que el país no estaba listo para enfrentar un evento de tal escala.

Un aspecto fundamental que dejó el sismo fue la necesidad de una mejor organización y coordinación entre las diferentes instancias de gobierno, pero también entre las instituciones civiles, empresariales y comunitarias.

En la tragedia, la sociedad mexicana supo suplir con rapidez las carencias del Estado, generando una red de apoyo mutuo que, por momentos, pareció más eficiente que los mecanismos oficiales.

Lecciones aprendidas y olvidadas: la reconstrucción y los riesgos de la desmemoria

A pesar de la impresionante movilización social que se vivió en aquellos días, el sismo de 1985 también dejó lecciones que con el tiempo fueron olvidadas. Si bien la respuesta inmediata fue ejemplar, el proceso de reconstrucción fue mucho más lento de lo que muchos hubieran esperado.

La falta de planificación a largo plazo y la falta de una visión clara para la reconstrucción de la ciudad dejaron cicatrices que no han sido totalmente sanadas.

El terremoto de 1985 fue un catalizador para la creación de nuevas políticas de protección civil, y muchas de las reformas que se implementaron después de la tragedia ayudaron a mejorar la preparación ante desastres naturales.

Sin embargo, a lo largo de los años, la memoria de esos días de unidad y solidaridad se ha desvanecido gradualmente. Las políticas públicas en torno a la prevención de desastres se han ido debilitando, y el peligroso desinterés por la seguridad estructural de las ciudades ha vuelto a cobrar protagonismo en un contexto de crecimiento urbano desmedido.

Hoy, 40 años después del sismo, las lecciones que el 19 de septiembre de 1985 dejó deberían servirnos como recordatorio de que la unidad y la organización social no pueden depender solo de la respuesta a una tragedia, sino que deben ser principios fundamentales de nuestra vida cotidiana.

La capacidad de la sociedad para movilizarse en situaciones extremas debe ser reconocida y aprovechada para construir un país más solidario, justo y preparado para enfrentar cualquier desafío, sin esperar que la tragedia sea la que despierte nuestra mejor versión.

En este aniversario, sería oportuno recordar también que la memoria colectiva, cuando no se cultiva, se disuelve.

Las imágenes de la unidad, de la gente trabajando en conjunto, de las manos extendidas sin pedir nada a cambio, deberían ser una constante en nuestra identidad nacional.

No solo como un tributo a aquellos que perdieron la vida o a quienes arriesgaron la suya por los demás, sino como un llamado a la acción para que no olvidemos lo que fuimos capaces de hacer, no solo en el momento de la tragedia, sino también en la construcción de una nación más fuerte.

El terremoto de 1985 nos mostró que, cuando los mexicanos se unen, no hay adversidad que no podamos enfrentar. Pero también nos enseñó que las lecciones más importantes son las que debemos recordar y aplicar cada día, no solo cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.

Tenemos el caso de los 16 bebés rescatados, hoy adultos, son la mejor prueba de que, cuando nos unimos, es posible salvar vidas, reconstruir un país y seguir adelante, juntos.

Gracias a todos los que participaron; a los héroes anónimos que apoyaron de muchas formas distintas; hoy recordamos tantas historias, anécdotas, tratamos de recordas las caras del compañero de a lado, del socorrista, policia, militar, enfermera, del scout, de quien ofreció el café, la comida; muchos rostros y nombres cuyos apellidos se van olvidando con el tiempo, a todos y todas:

“MUCHAS GRACIAS, LO HICIMOS… UNO PARA TODOS Y TODOS PARA UNO”

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