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jueves, agosto 6, 2026
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“El Tablero Vacío del Orgullo”

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“En ajedrez, como en la vida, el orgullo juega peor que cualquier principiante.”

Preámbulo

Lo que relataré a continuación no es ficción: se trata de una vivencia real. Aunque suelo jugar principalmente contra la inteligencia artificial (llevo el ajedrez en el celular, la tableta y la computadora), a lo largo del tiempo también he sido protagonista de encuentros muy diversos con jugadores de carne y hueso.

En cada partida procuro observar y analizar no solo mis acciones, sino también las de mi oponente; a veces descubro oportunidades que él no ha visto y, en otras, enfrento derrotas memorables en partidas simultáneas que me obligan a estudiar mis propios errores con humildad.

Ojalá que este relato no solo entretenga, sino que también ofrezca una lección útil para quienes aman este noble juego.

Gracias por leerme.

Fotografía, tomada por el autor del artículo.

El tablero, un jugador… y el otro que se marchó.

El torneo de ajedrez entre amigos había sido planeado con semanas de anticipación, y como preámbulo se organizó una comida en la que los presentes (jugadores veteranos, aficionados y acompañantes curiosos) compartían historias de partidas memorables. Sobre la mesa se entrecruzaban nombres de grandes contendientes del pasado, errores míticos, victorias brillantes y derrotas que aún dolían como si hubieran ocurrido el día anterior.

A unos pasos de mí, un joven hablaba con exagerado entusiasmo. Quería impresionar a la señorita que lo acompañaba, y para ello llevaba bajo el brazo su propio tablero, que mostraba orgulloso como si fuera un trofeo. Mientras yo comía, lo escuchaba de reojo. Cada frase que pronunciaba era un desliz; cada explicación, un error evidente. Confundía aperturas, relatos, movimientos… y aun así continuaba, convencido de su maestría.

Me sorprendía la seguridad con la que afirmaba semejantes equivocaciones.

De pronto, en mitad de la comida, se plantó frente a mí para retarme.
“Ahora no “, le dije con calma. “Estoy comiendo. Las partidas empiezan a las seis, y apenas son las cuatro”.

No insistí más. Él, ya adulto y estudiante (según sus padres) de una “carrera muy importante” (nunca supe que estudiaba), se marchó visiblemente contrariado.

Cuando al fin llegó la hora señalada, nos sentamos frente al tablero. La primera jugada del joven fue tan desconcertante como él mismo: movió dos peones a la vez, cada uno dos casillas.

“Solo puedes mover un peón”, le indiqué. Uno solo, uno o dos pasos. No dos peones al mismo tiempo.

Con tono insolente me respondió: “Alguien que sabe ajedrez me enseñó a jugar”.

A partir de allí, la partida fue una colección de errores: capturas hacia atrás con peones, caballos que saltaban a casillas imposibles, reglas ignoradas, principios olvidados. Terminé ganando sin mayor esfuerzo.

Le señalé con paciencia cada equivocación, cambiamos de lado del tablero para que tuviera la ventaja… y aun así volvió a perder.

Entonces sus padres, avergonzados por la escena, interrumpieron la partida y se lo llevaron casi del brazo.
“No hay problema”, les dije, mientras veía alejarse al muchacho.

El tablero quedó ahí, inmóvil, con las piezas aún en medio de la batalla inconclusa: testigo silencioso de una lección que no todos están dispuestos a aprender.

Porque en el ajedrez “como en la vida” la cordialidad es vital, el estudio y el conocimiento son imprescindibles, y la humildad, la esencia que permite a un jugador crecer… o quedarse para siempre en la casilla inicial.

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