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jueves, agosto 6, 2026
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La Partida Inconclusa del Güero.

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En memoria de Fernando “El Güero” Campos.

“Hay amigos que juegan una partida con nosotros; los verdaderos amigos se convierten en parte del tablero de nuestra vida.”

Hay partidas de ajedrez que terminan con un jaque mate. Otras concluyen en tablas.

Algunas se abandonan por falta de tiempo. Pero existen unas cuantas, muy pocas, que simplemente quedan pausadas.

Hace unas horas partió de este mundo mi gran amigo Fernando Campos, mejor conocido entre todos nosotros como “el Güero”.

Ingresó al hospital a causa de un derrame cerebral y, posiblemente, esa fue la jugada final que el destino tenía preparada en su tablero.

Fernando era un apasionado del ajedrez. Como la distancia no siempre permite compartir una mesa, habíamos inventado una modalidad muy nuestra: conectábamos los celulares en videoconferencia, colocábamos los tableros frente a la cámara y, como si fueran espejos separados por kilómetros, reproducíamos las jugadas pieza por pieza.

Pero en realidad aquellas sesiones nunca fueron solamente partidas de ajedrez.

Eran conversaciones interminables.

Entre un peón avanzado y un caballo en fianchetto, el Güero podía hablar de historia, física, filosofía, tecnología o cualquier tema imaginable. Era un hombre curioso, inteligente y alegre. Siempre tenía una pregunta inesperada lista para sorprender a quien estuviera enfrente.

Algunas preguntas eran profundas, de esas que obligan a pensar durante días.

Otras eran completamente absurdas, formuladas únicamente para divertirse y observar la expresión de sorpresa de los demás.

Esa era una de sus especialidades.

Y si a la conversación se sumaban sus hermanos, David, Marthita y Penny, entonces el espectáculo estaba garantizado.

Entre bromas y comentarios ingeniosos terminaban llamándome “El Iluminado”, mientras todos reíamos alrededor de un tablero que ya había dejado de ser un juego para convertirse en un punto de encuentro entre amigos.

Fernando tenía otra costumbre que se volvió legendaria.

Cada cierto tiempo observaba el tablero, sonreía con esa confianza que sólo tienen los buenos ajedrecistas y decía:

—Jesús, en quince jugadas será jaque mate.

Lo increíble era que tenía razón la mayoría de las veces.

Quizá no siempre exactamente en quince movimientos, pero cerca del ochenta por ciento de las partidas terminaban confirmando su predicción.

Era como si pudiera ver algunas jugadas más allá del horizonte.

Hoy, mientras observo el tablero inmóvil, no puedo evitar pensar que el Güero ha realizado la única jugada que ninguno de nosotros puede responder desde este lado del tablero.

Se adelantó al siguiente plano dimensional.

Estoy seguro de que, dondequiera que se encuentre ahora, ya está haciendo preguntas a los ángeles, debatiendo con filósofos, interrogando a científicos y comprobando personalmente si todas las respuestas que imaginó durante su vida eran correctas.

Y probablemente, también esté organizando algún torneo de ajedrez celestial.

Mientras tanto, aquí quedó nuestra última partida.

Las piezas permanecen en sus casillas.

El reloj parece detenido.

El tablero espera.

No hay vencedor ni vencido.

Sólo una pausa.

Porque algunas amistades son demasiado grandes para terminar con un simple jaque mate.

Por eso hoy no decimos adiós.

Simplemente dejamos la partida suspendida hasta nuestro próximo encuentro.

Y cuando llegue el momento, volveremos a colocar los tableros frente a frente, como aquellos viejos espejos de las videollamadas.

Entonces escucharé nuevamente su voz diciendo:

—Jesús, en quince jugadas será jaque mate.

Y la partida continuará exactamente donde la dejamos.

Hasta entonces, querido Güero, recibe un fuerte abrazo hasta el cielo.

Las piezas siguen en su lugar.

Tu reloj ha cambiado de dimensión.

Pero nuestra amistad permanece sobre el mismo tablero eterno.

“No fue un jaque mate, amigo; fue solamente un «hasta luego». La partida sigue pendiente, y el reloj de la amistad nunca deja de correr.”

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