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viernes, agosto 7, 2026
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“La Última Casilla: Reflexiones de la Muerte sobre el Tablero”.

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“En el ajedrez de la vida, no tememos al mate final, sino a olvidar que, mientras podamos mover una casilla, aún seguimos jugando.”.

La Muerte, envuelta en su capa negra como un jaque inevitable, avanzaba en silencio por la vieja sala del castillo donde descansaba su tablero favorito. No era un tablero cualquiera: las casillas parecían respirar, y las piezas, talladas en mármol y obsidiana, conservaban la memoria de todas las partidas jugadas desde el comienzo del tiempo.

Se sentó sin prisa. Frente a ella no había nadie. O quizá sí. Cada pieza llevaba el alma silenciosa de quienes, alguna vez, aceptaron su desafío.

“El ajedrez”, murmuró la Muerte, acariciando un peón, es la vida como debió ser: limpia, certera, sin pretextos.

Colocó las piezas. Las blancas siempre comenzaban; era una cortesía que la vida ofrecía antes de empezar a perder. Tomó el primer peón y lo adelantó dos casillas.

La ambición “reflexionó”. Empujamos nuestros deseos al frente para conquistar, sin saber que muchas veces sólo abrimos camino a nuestra propia caída.

Jugaba contra sí misma, aunque en su mente aparecían rostros antiguos. Capablanca deslizaba torres con elegancia, Fischer arrinconaba reyes con precisión quirúrgica, Tal incendiaba tableros con combinaciones locas. Todos habían pasado por allí, en algún momento, ante aquella figura inevitable.

La Muerte movió un caballo en forma de L.

—Los caminos de la existencia “dijo con una sonrisa de humo”, rara vez son rectos. Avanzamos torcidos, saltando sobre nuestros problemas, creyendo que esquivamos el destino… pero el destino siempre espera dos casillas al frente.

La partida avanzaba. Un alfil capturó un peón blanco: una vida temprana, interrumpida antes de entender siquiera las reglas. La Muerte inclinó la cabeza.

—Los inocentes… “susurró” son sacrificios que nunca deberían estar en el tablero, pero la vida juega sin preguntar.

Las torres chocaron en columnas abiertas. Era el sonido del conflicto: guerras humanas, decisiones políticas, errores colectivos. Cada choque resonaba como campana fúnebre.

—Creen que soy yo quien decide “reflexionó”, pero muchas veces ustedes mismos se dan mate.

Llegó el medio juego. Las piezas estaban dispersas, algunas heridas, otras listas para entregar su valor por un final ventajoso. La Muerte contempló el caos del tablero.

—Así es la madurez “murmuró”. Intentamos hacer valer lo que somos, conscientes de que cada movimiento cuenta el doble y pesa el triple.

Finalmente, sólo quedaba un rey blanco rodeado por sombras. La Muerte acercó su dama, elegante y fatal.

La dama… “dijo” es la representación de todo lo que amamos: poder, libertad, belleza. Cuando la perdemos, la vida deja de tener sentido táctico.

El rey blanco retrocedió una casilla. Miedo. Soledad. Últimas esperanzas.
La Muerte sonrió sin crueldad.

No hay vergüenza en retroceder “sentenció”. Incluso los reyes lo hacen cuando el tablero se vuelve oscuro.

Y entonces llegó el momento. La dama oscura se deslizó suavemente.

“Jaque mate”.

Silencio.

La Muerte recogió las piezas con delicadeza, como quien guarda recuerdos en un cofre antiguo. Cerró el tablero y se levantó.

—La vida es un juego bello porque termina “musitó”. Si fuera eterno, jamás aprenderíamos a movernos con sentido.

Antes de marcharse, acarició el rey blanco.

—Y recuerda “susurró”, mientras puedas mover una casilla, aún no estás derrotado.

Apagó la luz.
La sala quedó sumida en penumbras, pero el tablero, eterno testigo, brilló durante unos segundos más, como si cada partida jugada siguiera resonando en él: victorias, sacrificios, intentos, errores… vidas enteras comprimidas en ochenta y una sombras.

Fuera del castillo, la Muerte se perdió entre la brisa nocturna, reflexionando, tal vez, sobre su próxima jugada.

Porque aunque nadie lo sospeche…ella también aprende, cada vez más, cómo juega la vida.

“Quien comprende que cada movimiento es irrevocable, descubre que la vida no se gana ni se pierde: sólo se juega con dignidad hasta la última casilla.”

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