Arturo Vásquez Urdiales
22 de noviembre de 2024
Es corta y ligera la vida humana, corto el amor y largo el olvido.
En ese camino corto, comprendí:
Que el tiempo no era enemigo,
sino un río insondable
en cuyas aguas navegamos,
no hacia una orilla,
sino hacia el vasto océano.
Comprendí que la eternidad
es sólo un susurro del presente
y que mi cuerpo,
este navío imperfecto,
se desgasta con cada marea,
no por castigo, sino por amor a la travesía.
Hablé en nombre de una generación
que se despide sin despedidas,
que no necesita señales,
pero que pronto
caminará por senderos de estrellas.
Ellos, los que saben que
sus raíces ya no sostienen hojas nuevas,
pero aún cuentan historias
que son como puentes entre mundos.
Ellos, los que miran atrás
y ven los surcos que dejaron,
no como cicatrices,
sino como mapas
para que otros encuentren su propio norte.
Tuve que aceptar que estamos hechos
de fragmentos de historias,
de risas que vuelan como golondrinas
y lágrimas que riegan la tierra.
Que la memoria es un hilo,
delgado y brillante,
que no se rompe,
pero que tampoco es eterno.
Que lo que poseemos
es sólo un préstamo generoso
del universo,
y que lo que llamamos “nuestro”
sólo se refugia en nosotros
por un tiempo.
Tuve que aceptar que la casa
donde vi crecer a mis hijos,
donde planté árboles
y acaricié el lomo de mis perros,
será un día hogar de otros sueños,
de risas y llantos que no me conocerán.
Que las paredes, los jardines,
los aromas que construí
serán polvo,
y en ese polvo vivirá la semilla
de nuevas historias.
Hablaré también por los que no están,
por los que dejaron su estela
en esta corriente.
Los padres que ya no guían,
los amigos que se desvanecieron
como niebla al amanecer,
los amores que fueron y serán siempre.
Y hablaré también por los hijos,
los que aprenderán que
libertad es caminar sin mirar atrás,
aunque duela a quienes quedan.
Tuve que aceptar que el tiempo
no se detiene a consolarnos,
ni espera a que entendamos su misterio.
Que la eternidad no es algo a lo que llegamos,
sino algo que dejamos en cada acto,
en cada palabra,
en cada amor que sembramos.
Que barrer la acera cada día
es un gesto que no garantiza posesión,
pero sí pertenencia al instante.
Al fin, acepté que la muerte
no es el fin de nosotros,
sino el final de lo que hacemos.
Que la despedida no es el olvido,
sino un paso hacia otra memoria.
Que al soltar,
al reconocer la transitoriedad,
alcanzamos la paz que tanto buscamos.
Y ahora hablo,
no como uno que se queda,
sino como uno que se va.
Dejo estas palabras,
no como testamento,
sino como un eco en el río,
un susurro para aquellos
que aún navegan,
que aún luchan con el tiempo,
con la vida,
con la eternidad.
Hablemos por los que aún caminan.
Hablemos por los que miran al horizonte
sabiendo que pronto
se fundirán con el cielo.
Hablemos con la voz de los ancestros,
con la humildad de los que saben
que todo es prestado,
y con la esperanza de que,
en la fugacidad,
hay eternidad.
Ho, Tiempo! Ho, destino! ¡Que pronto veremos tan cercana la eternidad! Nuestras cenizas son el fértil limo que fertiliza al nuevo mundo.
En nuevo mundo sigue siendo el mundo, nosotros los de entonces seremos los mismos!.
A mis colegas escribanos que muy pronto han encontrado el universo eterno! ¡Recientes partidas a la vida celeste, la gran justicia!
Recordatorio sutil del precario humano y el inmenso Universo: Padre Sabio y Bueno.
Descansen en Paz, compañeros notarios.
2024, partida de varios compañeros y grandes escribanos.
Con respeto:
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