Por Arturo Vásquez Urdiales
25 de Noviembre de 2024
I. El Centauro en la Bruma
La madrugada aún conservaba el frío de la noche cuando la columna de Francisco Villa emergió de entre las montañas. El terreno era áspero, inhóspito, como si la tierra misma quisiera proteger al villorrio que se encontraba más allá. Sus hombres: los Centauros, curtidos por años de guerra, avanzaban en silencio, conscientes de que cualquier descuido podría significar la muerte. Huían del ejército invasor Norteaméricano, la guerra púnica mal llamada por NYT.
“Coronel Jiménez, adelante con la avanzada. Averigüe quién habita ese lugar,” ordenó Villa, su voz rasposa, cargada de autoridad. Jiménez asintió y, acompañado de un grupo de hombres, descendió hacia el villorrio que apenas se distinguía entre la niebla.
El informe llegó pronto: el villorrio era poco más que un puñado de casas miserables habitadas por ancianas y niños. La única figura de autoridad era una joven maestra que, con recursos ínfimos, se dedicaba a enseñar a los huérfanos que habían dejado la guerra y la pobreza.
Villa frunció el ceño. “Esta puta guerra y la barbarie ha dejado sus huellas hasta aquí,” murmuró, casi para sí mismo. Luego, volviéndose hacia Jiménez, ordenó: “Lleve un mensaje a esa maestra. Dígale que saque a los niños. Hoy, el ejército de Villa desfilará para ellos.”
Jiménez lo miró, desconcertado. “¿Un desfile, mi general?”
“Sí,” respondió Villa, con una sonrisa apenas visible. “Hoy la educación será más poderosa que la guerra. Un niño que aprende a leer y escribir es un guerrillero menos en el futuro. A ellos hemos de rendir honor.”
II. El Encuentro: La Maestra y el Centauro
Cuando Jiménez llegó a la escuela, encontró a la maestra rodeada de niños que lo miraban con ojos grandes, llenos de miedo. La maestra, de no más de veinticinco años, estaba pálida, pero su postura era firme. Visiblemente temblaba de miedo, la fama de Villa le precedia, infame carnicero, símbolo de la revolución.
“Soy el coronel Jiménez, de las fuerzas del general Francisco Villa,” anunció. “Mi general le ordena que saque a los niños. Va a rendirles honores.”
-¿Honores?- preguntó con las lágrimas visibles en los ojos de plato, -Señor Jiménez: sólo son niños, si se los van a llevar, mejor máteme de una vez, no se lo voy a permitir- En ese momento la maestra, cuyo nombre no recogió la historia, no tenía color, ni voz, ni ojos, estaban arrasados por las lágrimas.
La maestra lo miró suplicando piedad:
-“Sí, maestra. Y sería mejor que obedezca. A mi general no le gusta repetir órdenes, dónde se los fuera a llevar ya no estaríamos platicando, pero le contaré a mi General Villa sus palabras, ahora sea buenecita y vamos, va a haber desfile”- exclamó Jiménez.
El terror se apoderó aún más de ella, pero no era solo el miedo a Villa. Era el temor de que este acto fuera una excusa para saquear o quemar la aldea. Aun así, no tenía opción. Organizó a los niños y los llevó a la calle principal, donde los esperaban Villa y sus hombres.
Jiménez expresó a Villa la conducta de la maestra. Villa se sorprendió y sorprenderlo era muy, muy difícil.
Cuando la maestra vio a Villa, sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
Allí estaba el hombre al que las leyendas describían como un demonio en forma humana: alto, con el sombrero ladeado, su revolver al cinto y un sable colgando de su costado. Sus ojos, oscuros y penetrantes, parecían capaces de atravesar el alma.
Villa desmontó de su caballo Siete Leguas y se acercó a ella. “¿Es usted la maestra?” preguntó.
“Sí, general,” respondió, intentando mantener la compostura.
“Gracias,” dijo Villa, inclinando ligeramente la cabeza.
“Lo que usted hace por estos niños es más valiente que lo que yo hago con mis hombres en el campo de batalla. Hoy les rendiremos honor.”
“Por cierto, es usted un general más bragado que varios a los que he fusilado, bien: Estos niños están en buenas manos”.
III. El Desfile de los Dorados
El centauro del Norte ordenó a sus hombres alinearse. Los Dorados, guerrilleros que sembraban el terror dondequiera que iban, ahora se colocaban en posición de desfile. Las armas relucían bajo el sol que comenzaba a asomarse, y los caballos, inquietos, golpeaban el suelo con sus cascos.
“¡Presenten armas!” ordenó Villa.
El estruendo de los fusiles resonó en el aire. Los niños, que al principio se habían aferrado a las faldas de la maestra, ahora miraban con asombro. Para ellos, esto no era un desfile; era un espectáculo, un momento único que jamás olvidarían.
Villa caminó hasta el centro de la formación y levantó su sable. “A ustedes, los pequeños de este pueblo, les rindo honor. Porque cada uno de ustedes que aprende a leer y escribir es un guerrillero menos en el futuro, y es un México más grande y fuerte. Hoy honramos a la educación, la única arma que puede derrotar a la ignorancia y a la guerra.”
La maestra, incapaz de contener las lágrimas, observó cómo este hombre, que encarnaba la brutalidad de la revolución, ahora se inclinaba ante los niños como si fueran reyes.
Villa se acercó a la aterrada maestra, le dijo : “A aste la nombro coronela del mejor regimiento, le voy a encargar a mis mejores y valientes soldados”.
Se llevó el sable con la hoja al frente y la punta viendo al cielo del desierto y le hizo una reverencia militar.
“Ya sabrá de mi”, le dijo y se despidió militarmente.
IV. El Legado del Centauro
Después del desfile, Villa se acercó nuevamente a la maestra. “Sé que usted no ha recibido su pago en meses. Mis hombres traerán provisiones para usted y los niños. Y aquí tiene cien pesos. Úselos bien.”
“Gracias, mi general,” dijo la maestra, con la voz temblorosa.
El centauro del Norte montó su caballo Siete Leguas, pero antes de marcharse, se giró y dijo: “Recuerde, maestra, cada niño que usted eduque será una victoria para México. Siga luchando, pero no con balas, sino con libros.”
Esa misma noche, los hombres de Villa regresaron al villorrio con carromatos llenos de comida, ropa y libros. Los niños, que antes solo conocían el hambre y el miedo, ahora tenían una chispa de esperanza.
Algunas fuentes citan que tan luego y el general abandonó la población, la maestra coronela se desmayó.
*Años después, en las faenas de la revolución se hizo famosa una tonada casi militar en los bailongos y convites de la revolución:
-Coronela, coronelaaaa, coreaba la banda y la tropa…
*La leyenda dice que está maestra era muy hermosa y de un majestuoso moreno oaxaqueño, egresada de la normal rural para maestros, dió sus primeros pasos en el magisterio allá por los 1910, cuando la federación la llevo a ejercer el más sagrado apostolado a un villorrio de Chihuahua.
Le decía el pueblo con mucho cariño: la maestra Negrita Castañeda
La leyenda sigue, se dice que Villa, así como era, regresó por ella y la desposó.
De esa unión, Oaxaca ganó a uno de sus hijos más esclarecidos, profundo pensador y un gran escritor, uno de nuestros mejores y más auténticos hombres de letras.
La leyenda sigue:
La maestra prefirió regresar a su natal Antequera y ahorrarle a su bendición los horrores de la Guerra. Cuando el *Centauro le preguntó ¿Cómo le vas a poner? La maestra Castañeda le contestó: *Guillermo, cómo mi papá*.
Claro, estás solo son historias. Leyendas. Cosas que cuentan los ancianos que se nos han ido, allá del barrio del Marquesado oaxaqueño.
En lo personal, la historia me la contó un anciano vecino de la casa de mi padre, allá por 1990. Cuando me la contó, sus ojos se llenaron de lágrimas, él también fue un glorioso maestro rural y está es mi fuente, el mismo interesado, que quizá ya era muy viejo, quizá le traicionaba la memoria.
V. Moraleja: La Dualidad de Villa
Francisco Villa fue, sin duda, un hombre de contradicciones: un guerrillero implacable y un defensor apasionado de la educación. En él convivían la brutalidad de la guerra y la ternura de quien comprendía que el futuro de una nación no se construye con armas, sino con conocimiento.
La maestra y los niños de aquel villorrio jamás olvidaron el día en que el Centauro del Norte se inclinó ante ellos. Para Villa, ese acto no fue solo un gesto simbólico; fue una declaración de principios, un recordatorio de que incluso en los momentos más oscuros, siempre hay espacio para la luz.
Y así, la leyenda de Francisco Villa continúa viva, no solo en las historias de sus batallas, sino también en los corazones de quienes encontraron en él no solo a un guerrero, sino a un protector y un soñador.
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