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viernes, octubre 30, 2026
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“Las piezas que el tiempo olvidó”. Un cuento ajedrecístico para el Día de Muertos

18

Relato sobre la memoria, la nostalgia, la amistad y las huellas que deja el tiempo, incluso en aquellos objetos que alguna vez tuvieron una vida llena de movimiento.

I. La noche en que despertaron los recuerdos

En una vieja casa, donde el polvo había aprendido a convivir con los recuerdos y los relojes parecían haberse cansado de contar las horas, descansaba una caja de ajedrez.

Había permanecido cerrada durante muchos años, olvidada en el último cajón de un antiguo mueble de madera. Alguna vez fue el orgullo de una familia. Sobre aquel tablero se habían librado batallas memorables, se habían celebrado victorias, soportado derrotas y compartido tardes interminables entre amigos, padres e hijos.

Pero los años pasaron.

Los niños crecieron, los amigos tomaron caminos distintos, los abuelos se marcharon y aquella casa dejó de escuchar el sonido característico de las piezas al tocar las casillas.

El ajedrez quedó en silencio.

Aquella noche, sin embargo, era diferente.

Era la víspera del Día de Muertos. Afuera, algunas veladoras iluminaban las ventanas y el aroma del cempasúchil recorría los rincones de la casa. En el altar familiar había fotografías, pan de muerto, agua y flores para recibir a quienes regresaban por una noche a visitar a los suyos.

Y entonces ocurrió algo extraordinario.

Dentro de la vieja caja se escuchó un pequeño golpe.

Después otro.

La tapa se levantó lentamente y las piezas comenzaron a despertar.

No eran muchas.

Había una Dama de madera con la corona desgastada, un caballo de plástico al que le faltaba una pequeña parte de la oreja, una torre de madera oscurecida por los años, un alfil sin su compañero y un peón diminuto que conservaba apenas una parte de su pintura original.

También había otras piezas, de diferentes materiales y colores. Algunas ni siquiera pertenecían al mismo juego.

El tiempo las había reunido allí, como reúne las historias de personas que jamás se conocieron.

La vieja Dama observó el tablero.

—¡Cuánto tiempo ha pasado! —exclamó con voz temblorosa—. ¿Recuerdan cuando éramos treinta y dos? ¡Qué ejército tan hermoso formábamos!

Nadie respondió inmediatamente.

El silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

II. Los sobrevivientes de una batalla que nunca terminó

El primero en hablar fue el caballo.

—Yo recuerdo perfectamente a mi hermano. Siempre saltábamos juntos. Él era más rápido, más atrevido y, debo confesarlo, mucho más elegante que yo. Recorríamos el tablero con una alegría que parecía no tener fin.

Hizo una pausa y miró hacia una casilla vacía.

—Una tarde, un niño nos tomó entre sus manos. Jugamos una partida maravillosa. Pero al terminar, mi compañero cayó al suelo. Se rompió una de sus patas y nunca volvió a levantarse. Después, alguien lo guardó en otro lugar. Jamás volví a verlo.

La torre, que permanecía erguida a pesar de tener una esquina astillada, intervino:

—Al menos sabes que tu hermano tuvo un destino. Yo ni siquiera sé qué ocurrió con la mía. Éramos las guardianas de los extremos del tablero. Nadie podía atravesar nuestras columnas sin que nosotras lo supiéramos. Defendíamos al rey y protegíamos a nuestros compañeros.

—¿Y ahora? —preguntó el peón.

—Ahora soy una fortaleza sin ejército —respondió la torre—. Una muralla que conserva su forma, pero ya no tiene nada que proteger.

El alfil, que había permanecido pensativo, levantó la mirada.

—Yo extraño nuestras conversaciones. Mi compañero y yo caminábamos por diagonales diferentes. Nunca podíamos encontrarnos en el mismo color de casillas, pero siempre sabíamos dónde estaba el otro. Nuestra amistad no necesitaba compartir el mismo camino.

La Dama sonrió con melancolía.

—Así era nuestro mundo. Cada uno tenía una función, una posición y una historia. Éramos diferentes, pero juntos formábamos algo extraordinario.

El pequeño peón, que escuchaba con atención, se atrevió a preguntar:

—¿Y mis hermanos? ¿Dónde están mis siete hermanos?

La Dama bajó la mirada.

—Algunos fueron capturados durante las partidas. Otros se extraviaron debajo de los muebles. Uno terminó en una caja de juguetes. Dos fueron mordidos por un perro. Y de los demás… nadie volvió a saber.

El peón permaneció inmóvil.

—Pero nosotros comenzamos juntos —murmuró—. Recuerdo que éramos ocho. Siempre marchábamos al frente, aunque sabíamos que éramos los primeros en arriesgarlo todo.

—Así es, pequeño —contestó la Dama—. Y no olvides algo: muchos de los que hoy son recordados por su grandeza comenzaron siendo peones.

III. Las piezas que nunca jugaron juntas

De pronto, desde el fondo de la caja, se escuchó una voz desconocida.

—¿Y ustedes quiénes son?

Era un caballo de plástico rojo, brillante, casi nuevo, que había llegado allí muchos años después.

A su lado descansaba una torre de metal, un peón de madera clara y un alfil de porcelana.

—Somos las piezas que el tiempo fue reuniendo —respondió la vieja Dama—. Algunas pertenecimos a grandes juegos; otras solamente conocieron partidas incompletas. Nunca jugamos juntas, pero ahora compartimos el mismo destino.

—¿No les parece extraño? —preguntó el caballo rojo—. Yo nunca conocí a sus compañeros y ustedes jamás conocieron a los míos.

—No es extraño —respondió el alfil—. Así sucede también con los seres humanos. Hay personas que nunca compartieron una época, pero terminan reuniéndose en la memoria de quienes las recuerdan.

La torre de metal contempló el tablero.

—Quizá el tiempo no nos haya reunido para jugar una partida, sino para recordar las que ya no podemos jugar.

La Dama asintió.

—Tal vez esa sea nuestra última gran partida.

IV. La partida de los ausentes

La medianoche se acercaba.

Las veladoras del altar parecían iluminar también el interior de la vieja caja. Una corriente de aire movió suavemente los pétalos de cempasúchil que habían caído sobre el tablero.

Entonces, la Dama tuvo una idea.

—Esta noche no jugaremos para ganar. Tampoco habrá capturas, jaques ni derrotas. Esta noche jugaremos para recordar.

—¿Y contra quién? —preguntó el caballo.

—Contra el olvido —respondió ella.

Las piezas comenzaron a ocupar sus antiguas posiciones.

La torre se colocó en una esquina. El caballo avanzó dos casillas y giró hacia un costado. El alfil buscó una diagonal. El peón caminó lentamente hacia el centro.

Pero había demasiados espacios vacíos.

Donde alguna vez estuvieron los otros caballos, ahora solo había madera desnuda. Las casillas de los alfiles permanecían deshabitadas. Los lugares de los peones ausentes parecían pequeñas heridas en la memoria del tablero.

—¡Qué extraño es jugar cuando faltan tantos! —dijo el caballo.

—Más extraño es descubrir que todavía los esperamos —contestó la torre.

La Dama miró las casillas vacías.

—¿Saben una cosa? Durante años creí que habíamos sido derrotados porque desaparecieron nuestros compañeros. Hoy comprendo que no todas las ausencias significan una derrota.

El pequeño peón levantó la cabeza.

—¿Entonces qué significan?

—Que alguna vez estuvimos juntos. Que alguien nos sostuvo entre sus manos. Que formamos parte de una historia. Y que, aunque el tiempo se haya llevado nuestras formas originales, no ha podido borrar lo que representamos.

Entonces, una a una, las piezas comenzaron a depositar pequeños pétalos de cempasúchil sobre las casillas vacías.

Cada pétalo era un recuerdo.

Uno por el caballo perdido.

Otro por la torre desaparecida.

Otro por los alfiles que ya no podían encontrarse.

Ocho pétalos para los peones que alguna vez marcharon juntos.

Y uno más por cada pieza que había conocido la gloria de un tablero y terminado sus días en una caja olvidada.

V. Cuando el tablero se convirtió en altar

Al amanecer, la vieja casa despertó.

Una persona abrió el cajón para buscar algo y descubrió la caja de ajedrez entreabierta.

Le sorprendió encontrar las piezas fuera de sus compartimentos y algunos pétalos de cempasúchil sobre el tablero.

Las tomó con cuidado, una por una.

Reconoció la Dama de madera de su abuelo, el caballo que había pertenecido a su padre y aquella torre que recordaba de sus primeras partidas infantiles.

Sonrió.

Por un instante, regresaron a su memoria las tardes en que aprendió a mover las piezas, las discusiones por una partida perdida, las risas de sus hermanos y la voz de su abuelo explicándole que el ajedrez no consistía solamente en mover figuras, sino en aprender a pensar antes de actuar.

Se quedó contemplando el pequeño ejército incompleto.

Después, hizo algo que las piezas jamás habrían imaginado.

Las colocó sobre una mesa, junto a una fotografía familiar, una veladora y algunas flores de cempasúchil.

Aquella noche, el ajedrez también tendría un lugar en el altar.

Y mientras la llama de la veladora iluminaba sus figuras, la Dama susurró:

—¿Lo ven? No nos ha olvidado.

El caballo respondió:

—Quizá nunca estuvimos tan acompañados como ahora.

La torre, orgullosa a pesar de sus heridas, concluyó:

—Una pieza puede perder su ejército, su compañero y hasta su lugar en el tablero; pero mientras alguien recuerde su historia, nunca estará completamente sola.

El pequeño peón, que había permanecido callado durante unos instantes, pronunció las palabras más sencillas y profundas de aquella noche:

—Entonces, ¿todavía estamos jugando?

La Dama sonrió.

—Sí, pequeño. Solo que esta vez nuestra partida se juega en la memoria.

Y las piezas guardaron silencio.

Afuera, el viento movía las flores del altar. Las veladoras continuaban encendidas y, por algún rincón de aquella vieja casa, parecía escucharse el eco de una partida lejana.

Quizá eran los recuerdos.

Quizá eran los antiguos jugadores.

O quizá, simplemente, eran las piezas que el tiempo olvidó, celebrando que por una noche habían vuelto a estar juntas.

Epílogo: El último movimiento

Hay piezas que fueron derrotadas en una partida; otras fueron capturadas, extraviadas, rotas o arrancadas de su ejército por el capricho del tiempo. Algunas sobrevivieron intactas, pero quedaron condenadas a contemplar las casillas vacías donde alguna vez estuvieron sus compañeros.

Y así como los seres humanos levantan altares para recordar a quienes ya no están, quizá también deberíamos reservar un pequeño espacio para aquellos objetos que acompañaron nuestra infancia, nuestras alegrías y nuestros días más felices.

Porque las cosas también guardan historias.

Una vieja Dama puede conservar el recuerdo de un abuelo; un caballo desgastado puede evocar las tardes de un niño; un peón incompleto puede representar a todos aquellos que comenzaron juntos un camino y nunca llegaron al final.

No todas las piezas que faltan fueron derrotadas; algunas simplemente se perdieron en el largo camino de la vida.

Y quizá la mayor victoria del ajedrez no consista en dar jaque mate, sino en permanecer en la memoria de quienes alguna vez nos dieron vida sobre un tablero.

Porque mientras alguien recuerde una partida, ninguna pieza habrá desaparecido del todo.

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